Santa cierra en Serrano: muere la renta antigua de 1960
¿Cuánto tiene que subir el alquiler de un local para que una bombonería de 92 años no pueda pagarlo? En el número 56 de la calle Serrano, en pleno barrio de Salamanca, la respuesta tiene fecha: Santa cierra el
10 de mayo. El motivo es el fallecimiento de
Marie Martine, titular del contrato de
renta antigua que el negocio arrastraba desde los años 60. «El precio actual por el arrendamiento de un local en el corazón del barrio de Salamanca solo pueden permitírselo las grandes empresas y superficies», resume su hija,
Verónica López.
La marca Santa nació en
1932 en la calle Espoz y Mina, cuando Antonio López Martín importaba café desde Colombia y Cuba y todavía no había probado el negocio del chocolate. De ahí saltó a Preciados y, ya en los 60, a Serrano, donde el local huele a cacao
del bueno desde hace décadas. Dos generaciones después, el problema no es la clientela: es la firma del contrato.
La renta antigua: 4,5 euros por 173 metros cuadrados
Según se sostiene en el debate, la renta antigua nació con la legislación de arrendamientos del franquismo: precios congelados y duración vitalicia para contratos que ya existían. En la práctica, defienden quienes la critican, convirtió a algunos inquilinos en propietarios de facto de un coste que el resto del mercado no tenía. El caso más extremo que se rescata en la conversación es el de un piso de
173 metros cuadrados en Plaza de España 12, por el que se pagaban
700 pesetas (4,5 euros) al mes hasta 1996, cuando los 31 herederos del arrendador lo vendieron por nueve millones de pesetas.
No todos los contratos quedaron congelados para siempre, apunta otro participante: desde hace años existen coeficientes actualizadores que han ido acercando las rentas antiguas al mercado, aunque por debajo. Un local céntrico que valdría 3.000 euros al mes puede seguir pagando 1.000. Ese diferencial, multiplicado por décadas, es lo que explica que un negocio de barrio aguante donde una franquicia no lo necesita.
¿Era rentable una bombonería en Serrano?
Depende de qué se entienda por rentable. Quien sostiene que Santa debía cerrar argumenta que un negocio casi centenario que no puede pagar el alquiler de mercado simplemente no era viable: la renta antigua funcionaba como un coste subvencionado que le daba una ventaja que sus competidores no tenían. Con esa regla, cualquier local que dependa de pagar la luz a un tercio de su precio real está condenado a desaparecer el día que llegue la factura.
La otra lectura apunta al precio del suelo, no al negocio. En el debate se maneja la cifra de
15.000 euros al mes por un local en la zona, y con esos números no hay dulce que salga a cuenta salvo que se venda otra cosa. La bombonería tenía demanda y el teléfono sonando toda la mañana: lo que no tenía era un alquiler con el que competir en igualdad.
De Espoz y Mina a Serrano: la gentrificación del centro
El primer local, cerca de la Puerta del Sol, ya cayó. En Serrano resistió gracias a una clientela fiel que ha visto cómo sus vecinos comerciales se convertían en una cadena de sándwiches, un Mango y un restaurante de comida saludable. Con la familia fuera del contrato, el local queda libre para el siguiente que pueda firmar. Y el siguiente, por precio, no va a vender rocas de almendra.
El 3% que llega a la cuarta generación
Enrique y Verónica López hicieron la vida dentro de aquel espacio: él incluso hacía los deberes en el segundo piso, al que sube una escalera de caracol. De adultos eligieron otras carreras —Enrique es
Enrique Lavigne, uno de los productores de cine más conocidos del país—, pero nunca soltaron la tienda. La noticia del cierre ha llegado hasta
Pedro Almodóvar, al que avisaron personalmente, y a la fotografía de
Concha Velasco comiendo un bombón que sigue colgada en la pared: «Siempre venía», recuerdan.
Ahora toca vaciar el local. Las básculas de
1914 ya han encontrado comprador y el resto de estatuas, bandejas y figuras está en liquidación, difundida a golpe de tuit. La familia no descarta reabrir en un rincón más pequeño: quieren pensar que es un parón y no un final, aunque el dato no acompañe —solo el
3% de las empresas llega a la cuarta generación—.
Con esos mimbres, el cierre de Santa no es una excepción: es la regla que se aplica sola. Y si una marca de 92 años con clientela fiel no aguanta el alquiler de Serrano, quizá el problema no esté en los bombones.