La misma tableta de Lindt cuesta 2 euros en Francia y hasta 4,99 en España
Según un forero, una tableta idéntica de chocolate Lindt, con el mismo código de barras, se vende en
Francia a unos 2 euros y en España a casi 5. El dato, comprobado en tienda por quien abre el asunto, no sería una excepción de marca: sería el patrón. En Alimerka ronda los 4,49 euros y llegó a estar a 4,99 hace unos días; en Carrefour, la opción más barata, sigue muy por encima del precio francés. Alcampo, otro de los supuestos refugios de precio, también anda por los 4. La pregunta no es por qué el chocolate sube, sino por qué cuesta el doble aquí que a cien kilómetros de la frontera.
El diferencial que no explica ni la sequía ni el SMI
La primera explicación que aparece en cualquier conversación seria es la del coste. Guerras, energía, sequías, fertilizantes, subida del salario mínimo, nuevos impuestos, burocracia. Todo eso existe y todo eso encarece. El problema es que ninguna de esas variables es exclusiva de España: Francia tiene las mismas guerras, la misma energía cara y una burocracia comparable. Y sin embargo, allí la tableta vale la mitad.
Hay quien sostiene que el fenómeno es pura especulación sobre el consumo básico. El argumento no es nuevo y tiene una versión concreta: en España se especula con la alimentación y nadie hace nada. La secuencia que se describe es de manual, subidas de veinte céntimos, bajadas de cinco, vueltas a subir treinta, todo en cuestión de semanas y sin causa que lo justifique. El aceite de oliva se usa como precedente: subió un 100% sin sequía que lo explicara y volvió a su sitio cuando le convino a alguien.
La contraexplicación monetaria también aparece. Desde 2008 la Reserva Federal y desde 2014 el Banco Central Europeo inyectaron liquidez en cantidades históricas, y la pandemia multiplicó la impresora. El resultado, sostienen, es una devaluación del poder adquisitivo que tarda una década en digerirse. El matiz importante: el dinero creado no llega al trabajador, devalúa su patrimonio y encarece lo que compra. Eso explicaría la subida, no el diferencial con Francia.
El turismo, la hostelería y el precio que aguanta el local
Aquí aparece la hipótesis más incómoda. En zonas tensionadas por el turismo, el precio se fija según quién pueda pagarlo, y al residente que le den. Un helado de mágnum en un chiringuito del norte a 3,90 euros no es un caso aislado: es un modelo. El comercio local asume que el visitante paga sin mirar y el vecino paga porque no tiene alternativa. La fruta sigue la misma lógica: en fruterías de barrio, el kilo ya no baja de 1,49-1,79 euros y diez euros se van en cuatro cosas.
El contraste con el resto de Europa es el que descoloca. En Burdeos, quien lo comprueba en persona, todo está notablemente más barato. En Austria, los precios son parecidos a los españoles con un sueldo base que triplica al de aquí. En Dinamarca o Reino Unido, la fruta y verdura española, incluida la bio, se vende más barata que en España, y la renta allí duplica la nuestra. En Rusia, país en guerra y bajo sanciones, el aceite de oliva español importado vale menos que en su país de origen. El cálculo completo de esas comparaciones, con los lineales y las marcas concretas, es lo que deja sin argumentos a cualquiera que defienda el relato oficial.
La cesta entera, no solo el chocolate
El foco en la tableta es engañoso porque reduce el problema a una anécdota. La alimentación sube entera, y con ella la vivienda, los vehículos y los servicios. Los libros de texto del próximo curso salen más de un 60% más caros que hace dos años. Irse de vacaciones, comer fuera, llenar la nevera: todo. La sensación dominante es la de un 2008 recargado, con la diferencia de que esta vez el colchón público está más gastado.
La respuesta oficial, cuando llega, es de ajuste del gasto público. El argumento que se maneja es que el parásito no debe matar al huésped, porque si lo mata se acabó la fiesta. Es una forma elegante de decir que el gasto se recorta mientras el precio de lo básico no baja. Y mientras tanto, la economía oficial va como un cohete.
Por qué el chocolate no baja aunque sobren existencias
En alimentación, la asimetría es la norma. Sube algo y ya para que baje tiene que sobrar de verdad, como pasó con el aceite de oliva. La rigidez a la baja es estructural: los márgenes se defienden mejor cuando el consumidor no tiene dónde comparar. Y en España, la comparación es difícil porque el mismo producto con el mismo código de barras se vende a precios distintos según la frontera.
Queda la duda de si esto es un problema de márgenes, de impuestos, de salarios o de simple y pura especulación. Cada explicación tiene su defensor y ninguna cuadra del todo con el dato de partida. La tableta idéntica cuesta la mitad al otro lado de los Pirineos. Con ese diferencial, lo raro no es que se pregunte por qué. Lo raro es que haga falta preguntarlo.