China impone su agenda económica: ni apertura ni desregulación, puro control estatal
Mientras Washington insiste en la liberalización, Pekín consolida su modelo de capitalismo de Estado y acelera el crecimiento. El gigante asiático duplica la tasa de expansión de EE.UU. y ha sacado de la pobreza a 800 millones de personas, según los datos que manejan los analistas. La clave, según una corriente de pensamiento: resistir la presión occidental para abrir mercados y privatizar empresas, y mantener la primacía del poder político sobre las élites empresariales.
En contraste con Wall Street, donde la desregulación desembocó en el colapso de 2008, en China los acaudalados de Shanghái siguen sometidos a la disciplina del Partido desde que Xi Jinping revirtió la deriva neoliberal. Esta diferencia de gobernanza explica, en parte, que China haya podido evitar la financiarización que desestabilizó a Occidente.
Pero el modelo no está exento de críticas. Algunos señalan el coste climático y la falta de libertades como factura oculta. El propio gigante ha visto tensiones internas y externas que podrían frenar su impulso. Con Trump de vuelta en la carrera, la brecha en lugar de cerrarse se agranda: China sigue creciendo al doble que EE.UU. y su capacidad para fijar las reglas del comercio global parece consolidada.
La pregunta que queda en el aire no es si China impone su agenda, sino cuánto tiempo podrá sostener este ritmo sin que las contradicciones internas y la reacción occidental la obliguen a moderarse. Por ahora, los datos hablan solos.