Jóvenes católicas y clase alta: el perfil socioeconómico que no sale en las procesiones
Un grupo de chicas canta en la vigilia del Papa. Ropas discretas, sonrisas beatas. Pero detrás de la imagen de piedad hay un dato incómodo: la mayoría pertenece a la clase media-alta, con estudios en colegios privados y familias acomodadas. No es casualidad que el Opus Dei y los colegios no laicos sean los semilleros de estas voces.
¿Devoción o burbuja de privilegio?
Quienes asisten a estos actos no son precisamente los pobres de espíritu que predica el Evangelio. Según los testimonios recogidos, poseen buenos empleos, coche, casa y vidas resueltas. Acuden a purificar su conciencia tras haberse dado todos los excesos del capitalismo: dinero, sexo, oportunidades. La culpa cristiana se gestiona como el IBI: se paga y se olvida.
La hipocresía como combustible social
La hipocresía no es patrimonio de nadie, pero en estos círculos alcanza cotas de manual. Se confiesan, se autoabsuelven y repiten ciclo. Lo que les mueve no es el remordimiento, sino la pertenencia al club de los elegidos. Un club que, por cierto, tiene precio: la educación concertada y las cuotas del Opus Dei no son baratas.
Con estos mimbres, uno se pregunta si la fe es realmente lo que impulsa esas voces. O si, como en tantas otras cosas, es solo el barniz de una clase que necesita legitimar su posición. Mientras tanto, las chicas siguen cantando. Y el negocio de la salvación sigue facturando.
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