Charo y su juguete: el escarnio como deporte nacional
En las últimas horas, un vídeo de una mujer a la que identifican como Charo ha copado las reacciones en redes. La grabación, que por razones obvias no describimos, ha provocado una catarata de comentarios que van del desprecio directo a la sospecha de que todo es un montaje generado por inteligencia artificial. La mezcla de asco, vergüenza ajena y prejuicios ha encontrado un territorio fértil para explayarse.
La IA como refugio y como combustible
Entre las reacciones destaca un hilo de escepticismo: la afirmación de que “es claramente IA” y que, si fuera real, sería peor. La duda es razonable en una época de deepfakes cada vez más sofisticados, pero también funciona como un intento de reducir la tensión moral. Si es falso, no hay víctima. El problema es que ese argumento rara vez frena el escarnio: en el mismo mensaje que invoca la IA, la burla por el físico ya está servida.
El cuerpo sigue siendo un campo de batalla
La mayoría de los comentarios prescinde de cualquier precaución cuando toca el físico de la protagonista. Calificativos como “ballenato” o “chicharrones” circulan sin que nadie se escandalice. Es el body shaming de toda la vida, disfrazado de humor grueso, y sigue siendo la única forma de discriminación que se ejerce en público sin complejos. Hay incluso quien confiesa sentir “asco y vergüenza ajena” a la vez, como si el cuerpo ajeno fuera un espectáculo de feria.
Del vídeo a las obsesiones políticas
Lo más revelador es la facilidad con la que un contenido de este tipo acaba siendo un pretexto para otras batallas. Aparecen los tópicos sobre trabajadores extranjeros que ocupan empleos que los ciudadanos locales no quieren, la sospecha de que las funcionarias “se dan caprichitos con el dinero público” o la ironía de que aún quede Senegal como destino. Charo, al final, da igual: la trinchera ya estaba abierta y cualquier foco sirve para disparar.
El vídeo de Charo, real o sintético, ha servido para que cada cual proyecte sus propias obsesiones. Lo que queda no es un debate, sino un campo de fútbol sin árbitro. Y la próxima vez que un nombre propio se haga viral, la historia se repetirá: el escarnio no necesita contexto.