Severodonetsk: el contraataque ucraniano que reabre el mapa
Junio de 2022. En el día 101 de la invasión rusa de Ucrania, según un mensaje que circula en un foro, un contraataque de las fuerzas ucranianas devuelve parte de Severodonetsk al control de Kiev y expulsa a la punta de lanza rusa hacia los arrabales de la ciudad, en campo abierto y con pocos edificios donde guarecerse. El parte que circula —atribuido a una cuenta de seguimiento militar y acompañado de un mapa— sostiene que los ucranianos explotarán esa ventaja del terreno con sucesivas contraofensivas y que, en las próximas horas, ningún soldado invasor tendrá un pie en la ciudad. La euforia dura lo que tarda alguien en recordar Mariupol.
La discusión se parte en dos desde el primer minuto. Unos leen el repliegue ruso como un éxito táctico ucraniano y celebran el momento; otros lo leen como el penúltimo capítulo de una película que ya vieron: la resistencia dentro de una ciudad rodeada, el desgaste, y una evacuación final presentada como misión cumplida. El mapa, los datos de localización de combates y la propia palabra «contraataque» se convierten en el campo de batalla de una discusión que, dos años después, sigue sin árbitro.
Qué pasó en Severodonetsk y por qué importa el terreno
El planteamiento inicial es concreto: la punta de lanza rusa ha sido empujada fuera del casco urbano y queda en zona abierta, con poca cobertura edificada. En una guerra de artillería, esa diferencia —combatir entre bloques o combatir a campo raso— no es un detalle estético. Es la diferencia entre esconderse y ser localizado.
El parte añade que los ucranianos lanzarán contraofensivas sucesivas y que se espera que **ningún invasor conserve posiciones en la ciudad** en las próximas horas. La afirmación es fuerte y, como toda predicción militar en caliente, envejece rápido. El mapa que acompaña al mensaje pretende respaldar la localización de los combates con datos de fuentes abiertas, ese género periodístico-militar que consiste en geolocalizar vídeos y fotos para reconstruir el frente.
La ironía llega por otro lado. Mientras unos celebran el avance, otros recuerdan que **la ciudad lleva semanas siendo el epicentro del desgaste** y que un repliegue táctico no equivale a una derrota. La guerra no se juega en un marcador.
La comparación con Mariupol que nadie quiere oír
La objeción más repetida tiene nombre propio: **Mariupol**. Allí, la resistencia en la acería de Azovstal se presentó durante semanas como un símbolo de resistencia y acabó con la evacuación de los combatientes que quedaban. Quien recuerda ese precedente sostiene que Severodonetsk va camino de lo mismo: una misión cumplida que termina con una salida ordenada.
La respuesta a esa objeción es doble. Primero, que la evacuación de Azovstal fue una realidad y que el problema no es reconocerla, sino el marco con que se cuenta. Segundo, que **comparar dos ciudades con geografías y guarniciones distintas es tramposo**: lo que funcionó en una no tiene por qué reproducirse en la otra.
Hay una tercera lectura, más incómoda: que la discusión sobre quién controla qué edificio es secundaria frente al dato que no se discute, el desgaste humano. «Decenas de miles de ucranianos que forman tropa regular han muerto ya», se llega a escribir, y esa frase descoloca cualquier celebración de mapa.
El contraataque como relato: fintas, evacuaciones y eslóganes
A medida que pasan las horas, el tono cambia. Lo que empezó como un parte optimista se convierte en un ejercicio de escepticismo. Aparecen las referencias a la «finta» —la retirada fingida que tiende una trampa—, a las evacuaciones presentadas como maniobras inteligentes y a la idea de que **cada repliegue ucraniano se vende como una victoria** y cada avance ruso como una derrota inevitable.
El sarcasmo se afila. Se habla de reconquistar Lisychansk para poder llegar a Severodonetsk, de evacuaciones «sanas» y de contraataques que se convierten en retiradas con éxito. La discusión deriva hacia el lenguaje: quien controla las palabras controla el marcador. Y en esa pelea, los dos bandos usan el mismo manual.
El punto más ácido lo pone quien recuerda que **el contraataque se presentó como un golpe definitivo** y que, con el paso de los días, la ciudad volvió al centro del desgaste. No es una refutación de los hechos; es una advertencia sobre las predicciones a 24 horas vista.
Datos, mapas y la dificultad de saber quién manda en una ciudad
En una guerra urbana, el control no es binario. Se puede controlar la entrada, el centro, el nudo de carreteras o el barrio industrial, y perderlo todo en cuestión de horas. Los mapas de fuentes abiertas ayudan, pero **cada parte publica su propio mapa** y ninguno es neutral.
La discusión refleja esa ambigüedad. Unos hablan de expulsión total; otros, de combates en los arrabales; otros, de que la ciudad «es indefendible» y debería haber caído antes si el ejército invasor no fuera tan lento. Las tres frases pueden ser ciertas a la vez en distintos puntos del mapa.
Lo que sí queda claro es el patrón: **las ciudades del Donbás se han convertido en trituradoras** donde el control cambia de manos edificio a edificio y donde la propaganda corre más rápido que la artillería.
Qué queda de aquel contraataque
El parte inicial prometía que en unas horas no quedaría ningún invasor en la ciudad. La conversación posterior, más escéptica, se queda justo ahí: en la promesa y en su cumplimiento. No hay cierre. La ciudad siguió siendo el punto donde se midió la capacidad de aguante de ambos ejércitos, y el contraataque quedó como un episodio más de una guerra de desgaste que no se decide en un mapa de Twitter.
Lo único que no envejeció fue la frase que recordaba que esto no es fútbol. Y que, en una guerra, **el marcador lo escribe quien sobrevive para contarlo**.