Un columnista cercano a Trump pide expulsar a España de la OTAN por negar las bases
¿Puede un país de la OTAN negarse a que se usen sus bases para una operación que no ha avalado la organización? La respuesta técnica es que sí, y ese es exactamente el lío en el que se ha metido España. Un columnista de referencia del entorno de Trump, que escribe en The Washington Post y que suele hablar con él, ha propuesto echarnos de la Alianza por la negativa a ceder las bases. El detonante es la posición española ante una operación militar que no cuenta con el respaldo de la OTAN como organización. El asunto llega después de lo ocurrido con las bases y ha encendido el debate sobre cuánto cuesta, en dinero y en soberanía, seguir dentro del club.
Qué ha pasado y por qué se plantea la expulsión
La secuencia es sencilla de contar y complicada de digerir. España se niega a que se utilicen sus bases para una operación que no es de la OTAN. El entorno trumpista lo interpreta como una deslealtad y responde con la propuesta de expulsión. No es una decisión tomada, es una petición lanzada desde una tribuna de peso. Pero el mensaje llega con destinatario claro.
Aquí conviene recordar la letra pequeña que casi nadie lee. Si son operaciones unilaterales o sin respaldo de la organización o de la ONU, los países tienen todo el derecho a negarse a que se usen sus bases. Y al revés: si un miembro de la OTAN decide por su cuenta pegarse de tortas con su vecino, los demás no tienen obligación de activar el artículo 5, que es para defensa, no para ayudar a atacar a nadie. La teoría es impecable. La práctica, según algunos participantes, es que cuando el socio grande tose, aquí nos resfriamos.
El 5% del PIB que se queda corto
En el terreno económico, la discusión tiene un número que lo ordena todo: el 5% del PIB en defensa. Esa cifra se ha manejado como referencia de lo que se exige a los aliados. Y en el análisis que circula hay quien sostiene que, si se cumple el escenario que se dibuja, ni con eso: en vez de un 5% va a tener que ser un 15%. No hay desglose oficial de ese 15%, es una proyección lanzada en caliente. Pero da la medida del marco mental con el que se negocia.
El problema de fondo es que España lleva años en una posición incómoda: se le pide gasto, se le pide sumisión operativa y se le ofrece a cambio una garantía de seguridad que muchos consideran cada vez más teórica. Tener bases extranjeras en territorio propio se lee, desde cierta óptica, como una cesión de soberanía que no compensa. Y ahí está el núcleo del asunto: no es solo cuánto pagamos, es qué recibimos.
Marruecos, el invitado que nadie nombra pero todos miran
El subtexto geopolítico aparece en cuanto se rasca la superficie. La hipótesis que sobrevuela es que Marruecos se relame ante cualquier debilidad española. Hay quien lo lleva al extremo y sostiene que Marruecos nos conquistaría en una semana. Otros matizan: con un gobierno socialista y el beneplácito de Estados Unidos, sí; sin cortapisas, Marruecos no duraba ni dos telediarios.
La cuestión de fondo es si la OTAN defendería a España de un vecino del sur. La respuesta que se da en el análisis más escéptico es que no, porque no habría una invasión armada clásica. Aparecería como una revolución popular de una mayoría musulmana que ansía su libertad, y el régimen de Rabat se presentaría como agente de estabilidad pidiendo la cesión de territorio. Si hay un muerto entre manifestantes por disparo, los supuestos aliados se ponen en contra. El artículo 5 no se activa solo: tendrían que decidir los miembros si intervienen o no.
El coste real de las bases: Rota, Morón y Gibraltar
La crítica más dura no va contra Trump, va contra la propia posición española. Tener bases extranjeras en territorio español se califica directamente de sumisión al aliado anglosajón, con Rota, Morón y Gibraltar como los tres nombres que se repiten. El argumento es que los anglos se pasan la soberanía por el forro y que aquí se les sigue el juego.
Hay un episodio histórico que se rescata para ilustrar la relación. Durante la guerra de las Malvinas, Margaret Thatcher habría propuesto bombardear Madrid por las simpatías españolas hacia Argentina. La respuesta política posterior, según esta lectura, fue dedicarle una calle en Madrid. La conclusión que se extrae es amarga: la derecha española sería lo más cipayo y traidor imaginable, y eso se estudiaría en los libros de Historia.
¿Y si el problema no fuera la OTAN sino quién manda en ella?
Existe una corriente que invierte el relato habitual. Sostiene que mucha gente piensa que la OTAN está supeditada a los designios de Estados Unidos e Israel, cuando sería más bien al contrario: Estados Unidos, y ni digamos Israel, serían el matón de la OTAN, que a su vez sería el brazo armado de la ONU y de su agenda. Desde ahí se lee la subida del precio del combustible como una pieza más de un plan que garantiza inmovilidad y pobreza.
Enfrente está la lectura institucional: la OTAN es una organización defensiva, la operación en cuestión es de Estados Unidos e Israel, y España hace bien en no someterse a una acción de hecho en vez de al derecho. Someterse al matón de la clase nunca es la opción. Y en medio, la pregunta que ordena todo: ¿qué gana España apoyando esa operación?
El debate sobre volver a preguntar al pueblo
Han pasado muchos años desde la entrada en la OTAN y hay quien pide volver a preguntar al pueblo español. La reflexión no es menor: la pertenencia se decidió en otro contexto, con otras amenazas y otro equilibrio de poder. Que la alianza no vaya a defendernos del escenario que más preocupa a muchos es, para esta corriente, razón suficiente para replantearlo todo.
El cierre del análisis no da tregua. Si el cálculo del 15% del PIB se sostiene, la factura de seguir dentro se multiplica por tres. Y si la garantía de defensa es opcional según el humor de los miembros, el contribuyente español está pagando una prima de seguro por un siniestro que quizá no le cubran. Ironía fina: el país que se niega a prestar sus bases para una guerra ajena es el que se lleva el aviso de expulsión, no el que la lanza.