Una empresa IT cierra tras quedarse toda la plantilla de baja
Según un relato que abre esta discusión, una empresa de servicios IT se fue a la mierda sin que la IA tuviera nada que ver. El relato es simple y brutal: plantilla corta, una primera baja, ningún reemplazo, el trabajo repartido entre los que quedan, más presión, más desgana, y una reacción en cadena hasta que
no quedó nadie trabajando. Clientes sin servicio, llamadas sin atender, y un cierre con la empresa insolvente: los trabajadores, muchos de ellos con décadas de antigüedad, a cobrar del FOGASA.
No es un caso aislado de mala suerte. Es el retrato de un mercado laboral donde el incentivo para esforzarse se ha roto. Quien da el callo recibe más carga, no más sueldo. Quien se borra, cobra lo mismo. Y en medio, una generación de trabajadores de más de 50 años que se queda sin empleo en un mercado que no los quiere de vuelta.
El mecanismo: una baja, cero reemplazos, efecto dominó
El patrón se repite con una lógica de manual. Empieza uno. La empresa no contrata a nadie. El trabajo del ausente se reparte entre los presentes. Los que quedan ven el panorama, calculan, y algunos deciden que si el sistema premia la ausencia, ellos también se apuntan.
La bola se hace más grande hasta que la empresa no puede sostener el servicio.
Hay quien lo describe sin paños calientes: los primeros en cogerse la baja lo hacen por conveniencia; los últimos, por desesperación. Cuando llevas meses cubriendo el hueco de otros sin compensación, la baja deja de ser un fraude y se convierte en la única salida racional. El resultado es el mismo: el negocio se queda sin manos.
La gestión, en cualquier caso, no ayuda. Si la dirección no sustituye al que falta, no corta el abuso cuando es evidente y no premia al que aguanta, está financiando su propia ruina. La pregunta incómoda es por qué nadie hizo nada antes.
¿Por qué los trabajadores dejan de esforzarse?
El cálculo es frío y sale siempre igual. Esfuerzo extra: cero recompensa tangible. Esfuerzo mínimo: misma paga, mismas condiciones, cero consecuencias. En un entorno así,
la apatía no es vagancia, es realismo económico. El premio por ser buen trabajador es más trabajo, no más dinero ni más tiempo libre.
Esa lógica se extiende y contamina todo. En sectores como la industria cárnica o los call centers, la presión y los objetivos imposibles generan un goteo constante de bajas por ansiedad y depresión. Muchos de los que aguantan están opositando. No es una huida ideológica: es una huida hacia la única puerta que ofrece estabilidad.
El resultado se ve en las plantillas. Cada vez más jóvenes con carrera entran en la administración pública tras unos meses o un año en la privada. Han visto el percal y han decidido que el escalafón predecible y la inamovilidad valen más que cualquier promesa de mérito.
El cierre, el FOGASA y los que ya no vuelven
El final de la historia es el de siempre. La empresa cierra, no puede pagar indemnizaciones a plantillas con mucha antigüedad, se declara insolvente y los trabajadores acaban cobrando del FOGASA. Para los mayores de 50, el golpe es doble:
difícilmente les contratará alguien a esas edades en un mercado que ya no busca experiencia, busca coste bajo.
Hay quien señala que el trabajo era cómodo, con buenos clientes y poco esfuerzo físico. Eso no cambia nada. Un puesto cómodo no compensa un entorno laboral donde el que se queda paga el pato del que se va. La comodidad no es excusa para la falta de gestión.
La discusión deriva hacia un punto más amplio: la relación entre empresa y trabajador se rompió hace tiempo. La precariedad, la temporalidad encadenada y los convenios a la baja hicieron el resto. Cuando el equilibrio se rompe, cada parte actúa en su propio interés. Y así acaba todo.
La IA no tuvo la culpa, pero el relato la persigue
Conviene despejar una confusión. En este caso, la inteligencia artificial no cerró la empresa. El cierre vino de la falta de personal y de la incapacidad de gestionar las ausencias. Otra cosa es que la sombra de la automatización esté presente: hay quien relata cómo en un call center de soporte técnico se despidió a diez personas para poner a una IA a atender conversaciones, anotar tickets y soltar resoluciones de primer nivel desde una base de conocimiento.
Ese es el futuro que muchos temen, pero no es lo que pasó aquí. Aquí pasó lo de siempre:
una plantilla que se apaga y una dirección que mira para otro lado. El resultado es el mismo: clientes sin servicio y trabajadores a la cola del FOGASA.
La predicción, con todas las reservas, es que este tipo de cierres se repetirá mientras el coste de sustituir a un trabajador de baja siga siendo más alto, en la cabeza del empresario, que el coste de no sustituirlo. Cuando esa ecuación se invierta, quizá cambie algo. O quizá no.