Meta despide a 2.100 verificadores en Barcelona y deja la sede de Glòries medio vacía
¿Qué pasa cuando una empresa despide a los que revisaban el contenido de los demás? Pues que en Barcelona se quedan 2.100 personas en la calle y media ciudad celebra el paro ajeno. Meta ha echado a más de 2.000 trabajadores de verificación en su sede de Barcelona, según el recuento que circula entre los afectados y que la propia compañía no ha desmentido. El despido llega después de que Trump ganara las elecciones y Zuckerberg decidiera, según algunos participantes, que la moderación de contenido ya no era rentable. Los verificadores, que en el imaginario popular controlaban que nada contravenía lo woke y la agenda 2030, pasan a engrosar las listas del SEPE.
Quiénes eran y qué hacían los 2.100 despedidos
La versión oficial los llamaba verificadores de contenido. La versión de la calle los llama censores. Entre ambos extremos hay un oficio que consistía en revisar publicaciones, cerrar cuentas y aplicar shadowban a perfiles que la plataforma consideraba problemáticos. En Barcelona operaban desde la zona de Glòries, el centro financiero de la ciudad, en oficinas con sofás, puffs y sesiones de yoga, según describen quienes trabajaron allí.
El despido no es un ERTE ni una reestructuración parcial. Es una purga completa de la función. Meta trabaja con contratas y subcontratas, así que es posible que parte del trabajo se haya trasladado a otros países con costes laborales menores o directamente a sistemas de inteligencia artificial. Lo que está claro es que la empresa no renuncia a moderar contenido: renuncia a pagar sueldos españoles por hacerlo.
Por qué Zuckerberg cambia de bando ahora
La explicación más repetida es la política. Trump ganó las elecciones y Zuckerberg, que había sido señalado por los conservadores como enemigo, ha movido ficha. Meta se ha bajado los pantalones, dicen los más críticos. Otros apuntan a que el cambio no es ideológico sino defensivo: si no se pliega, le cortan el negocio en Estados Unidos a base de denuncias y regulación.
Hay una tercera lectura que gana enteros: el dinero. La verificación de contenido es cara, lenta y genera titulares negativos. La inteligencia artificial hace lo mismo por una fracción del coste y sin bajas laborales. Si a eso le sumas que la empresa lleva meses recortando plantilla en todas sus divisiones, el despido de Barcelona encaja como una pieza más de un ajuste global.
El efecto en el mercado laboral de Barcelona
El golpe no es solo para los 2.100 despedidos. La zona de Glòries concentra varias oficinas tecnológicas y financieras, y en los últimos meses se han visto cierres y traslados de empresas hacia municipios del interior de Cataluña. Barcelona es cara para el trabajador y para la empresa: alquileres altos, transporte deficiente, regulación municipal creciente y una presión fiscal que empuja a las compañías a buscar sedes más baratas.
El perfil del despedido tipo es un profesional de entre 25 y 40 años, con contrato de contrata, que cobraba entre 1.200 y 1.800 euros netos al mes por revisar contenido. No es un ingeniero de software ni un directivo. Es el eslabón más prescindible de la cadena, y por eso ha sido el primero en caer.
La reacción: entre el alivio y la venganza
La noticia ha caído como una bomba en los círculos donde Meta era vista como una máquina de censura. Hay quien sostiene que los verificadores no verificaban nada, solo aplicaban la línea editorial de la empresa. Hay quien recuerda que el propio Wall Street Wolverine, un youtuber español, había amenazado públicamente a Meta España por la censura que aplicaba y la corrupción de sus trabajadores. Que ese tuit exista y que el despido llegue después es, como mínimo, una coincidencia que algunos leen como venganza.
En el otro extremo, hay quien señala que la desaparición de los verificadores no significa que Meta vaya a dejar de moderar. Significa que lo hará una máquina, sin sueldo, sin sindicato y sin derecho a réplica. Los que celebraban el despido quizá celebren el fin de un oficio, no el fin de la censura.
Al final, la pregunta no es si Meta censura o no. La pregunta es quién paga la factura de la censura cuando ya no hay 2.100 personas en nómina para aplicarla. La respuesta, por ahora, es un algoritmo. Y el algoritmo no cena.