O 900 euros o el piso se queda vacío: la nueva lógica del casero
Un piso de dos habitaciones en un callejón de mala muerte, alquilado durante años a dos hermanos por 500 euros. Se van los inquilinos y el propietario lo pone en 900. Según el relato de un participante, la inmobiliaria, además, se lleva otros 900 por su gestión, una cantidad que el arrendador no piensa pagar de su bolsillo. La respuesta del casero cuando se le advierte de que se le va a quedar vacío es un axioma que, según se cuenta, se repite: «Lo alquilo en 900 o lo dejo vacío».
No es un caso aislado. En barrios como La Chana, pisos que hace poco se vendían por menos de 35.000 euros y se alquilaban entre 300 y 400 euros a pensionistas han pasado a pedirse por encima de los 600. Otro propietario lo ha subido a 700 con la misma amenaza: o ese precio o nada. La vieja costumbre de bajar el alquiler en septiembre si no se había colocado al inquilino ha muerto, según se sostiene en el debate. Ahora el propietario prefiere asumir el coste de tenerlo vacío antes que rebajar sus pretensiones.
Por qué el casero prefiere el piso vacío
El argumento que se repite es la inseguridad jurídica. Alquilar por debajo de mercado, lejos de asegurar la ocupación, se interpreta como un signo de debilidad. «Si pones un piso a precio inferior a mercado el inquilino te va a tomar por subnormal», resume un participante. El temor no es solo a impagos, sino a quedar atrapado en un contrato con una renta baja que luego no se puede actualizar al ritmo de la inflación, con el límite del 3% anual como techo.
A eso se suma el cálculo de rentabilidad. Un piso de 500.000 euros alquilado por 800 euros mensuales ofrece un 2% bruto, al que hay que restar IBI, comunidad, impuestos y reformas. La rentabilidad neta, según los cálculos que circulan, difícilmente supera el 3,5%. Con esos márgenes, muchos concluyen que no compensa asumir el riesgo de un inquilino conflictivo.
La alternativa que se plantea es el seguro de impago. Pero solo cubre a inquilinos solventes. Para un asalariado con el salario base inembargable, la póliza es una quimera. El seguro, por tanto, no resuelve el problema de fondo: la falta de garantías para recuperar la vivienda si el inquilino deja de pagar.
La okupación y el fantasma del inquilino que no paga
La conversación deriva hacia la
okupación. «No se respeta la propiedad privada, te okupan el piso y te jodes», sentencia un propietario que asegura tener cero inmuebles en España. La percepción de que las leyes protegen al moroso y no al arrendador es el eje del asunto. Se argumenta que sin una mínima seguridad jurídica, el mercado está roto, y que la única forma de compensar el riesgo es subir el precio o no alquilar.
Hay quien va más allá y sostiene que la situación es deliberada. «Quieren a la gente pobre, desesperada y dependiente del Estado», afirma otro interviniente. La tesis de que se está desincentivando el alquiler privado para forzar una intervención pública recorre varios mensajes. Otros, en cambio, defienden que la solución es la expropiación o la vivienda pública, aunque advierten de que sin inversión privada el parque de alquiler se reduciría drásticamente.
El precio de la vivienda en Granada: ni 500 euros
El fenómeno no se limita a los barrios céntricos. En zonas periféricas como Santa Fe o Atarfe, se piden 600 euros por pisos que hasta hace poco eran casi regalados. «No hay nada, absolutamente nada por debajo de 500 ó 600 euros cuando el sueldo medio es un tieso muerto de hambre que apenas cobra el SMI», se lamenta. La presión demográfica y la escasez de oferta empujan los precios incluso en áreas que antes nadie quería.
Paradójicamente, hay quien está comprando para alquilar en esas mismas zonas, confiando en seguros de impago. La contradicción es evidente: si el seguro solo cubre a inquilinos solventes, ¿cómo se encuentran arrendatarios que cumplan los requisitos en barrios de renta baja? La respuesta que se apunta es que cada vez más trabajadores se ven obligados a desplazarse a la periferia ante la imposibilidad de pagar el centro.
El cálculo que descoloca
Con estos mimbres, la decisión del casero es racional dentro de su lógica. Si alquilar por 900 deja 600 limpios tras impuestos y el riesgo de impago es alto, el coste de oportunidad de tenerlo vacío se reduce. La conclusión que sobrevuela es incómoda: el mercado de alquiler se está estrechando por arriba, con precios que expulsan a los inquilinos, y por abajo, con propietarios que prefieren no arrendar. El resultado es menos oferta y precios más altos. La pescadilla que se muerde la cola.