SEUR y la repartidora borracha: el síntoma de un modelo quebrado
El vídeo es viral: una conductora de SEUR, claramente ebria, zigzaguea con la furgoneta por las calles de Barcelona mientras la policía la trata con sorprendente delicadeza. La escena, que ha corrido como la pólvora en redes, no es un accidente aislado. Es la punta del iceberg de un sistema que ha hecho de la precariedad y la importación de mano de obra barata su seña de identidad.
El reparto low cost: cuando la economía de mierda se convierte en servicio
SEUR, como otras mensajeras, compite a base de abaratar costes. ¿La fórmula? Contratar al más barato, girar personal sin cesar y externalizar toda la responsabilidad. Los conductores, en su mayoría inmigrantes sudamericanos, cobran por paquete, sin contrato fijo ni coberturas. Un trabajador que gana menos de lo que cuesta un alquiler en Barcelona no tiene incentivos para cuidar la furgoneta ni los envíos. Si además bebe, es la tormenta perfecta.
En el vídeo, la mujer insulta a los agentes y se niega a soplar. La policía, en lugar de esposarla, la acompaña con "tacto". Mientras, en Estados Unidos, un DUI te lleva directo al calabozo. Aquí, el mensaje es claro: los cuerpos de seguridad tienen órdenes de no escalar conflictos con inmigrantes, por muy borrachos que estén. El resultado: la degradación del servicio y el aumento de robos. Un usuario relata cómo un repartidor "fantasma" entregó su paquete de 25 pavos en un portal equivocado y la empresa se lavó las manos.
El modelo de tres patas cojas: turismo, construcción y servicios precarios
El economista de salón dirá que es un problema de integración. La realidad es más cruda: España necesita cuerpos desesperados para rellenar los huecos que los españoles ya no quieren. El famoso "no hay quien trabaje en esto" encubre que no hay quien trabaje por 1.200 euros al mes en Barcelona sin pagar alquiler. Las patronales de la logística, la hostelería y la construcción han montado un tinglado donde la rotación es altísima y el control, nulo. El cliente paga Prime y recibe un repartidor que ni sabe leer el callejero.
Los más lúcidos señalan que no se trata de racismo, sino de un modelo de negocio insostenible. Mientras el empresario pueda echar mano de inmigrantes recién llegados que aceptan cualquier condición, el servicio público de reparto se irá a pique. La solución no es más policía ni más inmigración, sino ajustar los costes laborales a lo que la sociedad considera digno.
El futuro: ¿lockers o caos?
La tendencia imparable es la entrega en taquillas (lockers). Amazon, SEUR y el resto empujan al cliente a autogestionarse. El vídeo de la repartidora borracha es la excusa perfecta para acelerar ese proceso. Pero mientras sigan existiendo furgonetas y rutas, el problema de fondo persistirá: un país que no quiere pagar lo que cuesta un servicio, y que cubre su precariedad con importación de pobreza.
La pregunta que nadie responde es: ¿hasta cuándo aguantará el sistema sin que se rompa del todo?
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