23 puñaladas por un vídeo: el caso que reabre el debate sobre la hibristofilia y las consecuencias de ciertos discursos
En Rosario, Argentina, una adolescente de 15 años, Milagros, fue la instigadora del asesinato de su novio Jeremías, de la misma edad, tras ser descubierta en una relación múltiple que incluía un vídeo de gangbang. La madre de la menor no solo no la disuadió, sino que la animó a reunir a unos amigos para matarlo. El resultado: 23 puñaladas y un cadáver. El caso, viralizado por los propios vídeos del crimen, ha vuelto a poner sobre la mesa la pregunta incómoda: ¿hasta qué punto ciertas ideologías de género han creado un caldo de cultivo para la violencia selectiva?
El contexto: Rosario, el Detroit argentino
Los hechos ocurren en un barrio marginal de Rosario, ciudad quebrada por años de kirchnerismo y violencia narco. La madre de Milagros era homeless, y los implicados, menores de edad, pertenecen a un entorno donde la vida vale poco. No es un caso aislado de pasión adolescente: es la consecuencia de una sociedad donde la ley ha dejado de proteger a las víctimas y donde ciertos discursos feministas han desresponsabilizado a las mujeres hasta el punto de convertir a los hombres en blancos móviles.
La doble vara: ¿víctima o provocador?
El debate se ha polarizado entre quienes sostienen que Jeremías se buscó su muerte al amenazar con difundir el vídeo, y quienes señalan que ninguna amenaza justifica un asesinato. La postura mayoritaria en la discusión es de condena al crimen, pero con un matiz: muchos argumentan que el chico fue imprudente al enfrentarse a una hiena con las herramientas que tenía. La posición minoritaria, pero ruidosa, minimiza la violencia como consecuencia inevitable de la cultura de la violación y la privacidad. Lo que queda claro es que el feminismo radical, al culpabilizar al hombre incluso cuando es la víctima, ha creado un marco donde la venganza femenina se disculpa.
El coste económico de la descomposición social
Aunque no es un caso directamente económico, la degradación del capital social tiene un precio. Rosario es un ejemplo de cómo la inseguridad y la falta de oportunidades empujan a la violencia como moneda de cambio. En España, los indicadores de criminalidad juvenil y los casos de violencia vicaria sugieren que importamos el mismo modelo de desintegración familiar. Mientras la clase política se llena la boca con derechos y libertades, los datos objetivos muestran que una parte de la población se ha convertido en una bomba de relojería.
La pregunta que queda en el aire es si la sociedad está dispuesta a reconocer que el error no fue dar derechos a un género, sino quitárselos al otro. Mientras tanto, en el cementerio de Rosario descansa un chico de 15 años que cometió el pecado de querer exponer la verdad a una generación criada en la impunidad.
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