Canibalismo en Hispania: ¿arma propagandística o práctica de supervivencia?
La historiografía sobre la Hispania prerromana se topa con un episodio incómodo: el canibalismo. Las fuentes clásicas —Estrabón, Diodoro, Apiano— atribuyen a los celtíberos la costumbre de comerse a los enemigos muertos en batalla o, en casos extremos, a los prisioneros durante asedios. El caso más citado es el asedio de Calagurris (actual Calahorra) durante las Guerras Sertorianas (s. I a.C.), donde, según la tradición, la hambruna llevó a la población a recurrir a la antropofagia. Pero ¿qué hay de cierto?
Frente a la narrativa romana, una corriente escéptica señala la ausencia de pruebas arqueológicas. No hay restos óseos con marcas de corte inequívocas, ni epigrafía, ni representaciones artísticas que confirmen la práctica de forma ritual. Albion, uno de los participantes en el debate, lo resume: «Las fuentes clásicas están escritas por el bando vencedor». La analogía con los aztecas —cuya iconografía muestra cráneos y sacrificios masivos— es recurrente para sostener que en Hispania no hubo nada similar.
Lo cierto es que el canibalismo documentado en otras culturas (asedio de Leningrado, prisioneros japoneses en Nueva Guinea) suele responder a situaciones de necesidad extrema, no a rituales institucionalizados. En Hispania, si existió, probablemente se limitó a esos contextos de desesperación. La falta de pruebas físicas y el sesgo de las fuentes romanas dejan la cuestión abierta. Ironías de la historia: los mismos romanos que «civilizaron» Hispania también escribieron su condena.