Ayuso al Congreso: el órdago que el PP no se atreve a jugar
Hay una escena que se repite cada vez que el Partido Popular afronta unas generales: la de un candidato que no termina de arrancar y una presidenta autonómica que llena mítines en cualquier punto del mapa. El planteamiento que recorre estos días los mentideros económicos y políticos es sencillo: si la dirección nacional tuviera estómago, pondría a
Isabel Díaz Ayuso como cabeza de cartel al Congreso. La tesis no es nueva, pero el contexto la ha vuelto incómoda.
El argumento central es de aritmética electoral. Ayuso ya era, para una parte del electorado, la mejor opción antes de que
Alberto Núñez Feijóo se consolidara como candidato. No por ser mujer —el razonamiento se apoya en votos, no en cuotas—, sino porque su perfil captaría buena parte del electorado que hoy se va a VOX, tal y como se comprobó en las elecciones a la Comunidad de Madrid. Ese trasvase, sostienen, es la diferencia entre ganar y no gobernar.
El problema de la marca en el resto de España
Frente a esa tesis, el escenario más pesimista es demoledor: no ganaría en ninguna provincia salvo Madrid. Sería un suicidio electoral. La marca Ayuso funciona en su feudo, donde el relato del pulso permanente rinde, pero fuera de él activa anticuerpos. El cálculo no es caprichoso: la izquierda lleva años construyendo una campaña sostenida contra ella, y ese desgaste se traduce en rechazo en territorios donde el PP necesita sumar, no restar.
Hay quien añade un matiz de gestión interna. Sacar a Ayuso de Madrid para llevarla al Congreso implicaría perder Madrid, punto final. La Comunidad es hoy el principal activo del partido y su presidenta el único perfil con capacidad demostrada de movilizar a la derecha desencantada. Mover esa pieza para una apuesta nacional incierta es, para esta corriente, cambiar un feudo seguro por una quiniela.
El desgaste del candidato y la hemeroteca del Covid
El otro frente es el del liderazgo actual. La crítica más repetida apunta a un candidato sin carisma, que no arriesga y que juega a no perder.
Un cagón y un bienqueda, resumido en términos de calle. La comparación con Ayuso no es solo de estilo: es de disposición a la pelea. Y en política, cuando el adversario no se mueve, el hueco lo ocupa quien sí lo hace.
Pero el órdago tiene un coste que no se puede borrar. La hemeroteca de las perlas que Ayuso lanzó durante la pandemia sigue ahí, y para una parte del electorado funciona como línea roja:
ni olvido ni perdón. Ese pasivo limita su techo nacional y explica por qué la dirección prefiere no arriesgar. La paradoja es que el mismo perfil que genera entusiasmo en Madrid genera rechazo en provincias clave.
Lo que se juega el PP con el calendario
El trasfondo es una pelea por el relato de la convocatoria. Hay quien sostiene que el PP no quiere ganar, porque gobierna mejor desde la oposición: sin gobierno y sin presupuestos, bloqueando a los burócratas de Bruselas. Es una lectura conspirativa, pero encaja con la parálisis que se atribuye a la dirección. Si el partido no se mueve, el escenario se repite: meses sin investidura y una legislatura que no arranca.
Mientras tanto, la izquierda mira el calendario con otra cuenta. Si Ayuso no da el salto, el PSOE mejoraría sus resultados respecto a los comicios anteriores y el escenario de calles ardiendo durante cuatro años volvería a estar sobre la mesa. La apuesta, en el fondo, no es sobre Ayuso: es sobre si el PP prefiere ganar o seguir cómodo en la queja.