Ayuso al Congreso: el órdago que el PP no se atreve a jugar
Hay una escena que se repite en cada conversación sobre el futuro del Partido Popular: alguien menciona a Isabel Díaz Ayuso como candidata a la presidencia del Gobierno y, automáticamente, otro responde que sería un suicidio electoral. El planteamiento es simple: la presidenta de la Comunidad de Madrid es hoy uno de los activos políticos más valorados del PP, pero su tirón se concentra en Madrid y su hemeroteca pandémica le pasa factura fuera. La pregunta que sobrevuela el análisis es si el PP tiene los votos para ganar sin ella, o si su negativa a dar el paso responde a algo más que a la aritmética electoral.
El cálculo de Madrid: Ayuso arrasa, pero solo en casa
La tesis más repetida es que Ayuso ganaría en Madrid y perdería en casi todo lo demás. En las elecciones a la Comunidad de Madrid de 2021,
Ayuso arrasó y su resultado sirve de argumento a quienes defienden su salto a la política nacional. Pero el mismo dato alimenta la tesis contraria: lo que funciona en Madrid no necesariamente viaja. Hay quien sostiene que fuera de la región su discurso no tiene predicamento y que su gestión de la pandemia, con la hemeroteca de declaraciones que dejó, sería un lastre en campaña. Hay quien sostiene que la izquierda lleva años construyendo una campaña permanente contra ella precisamente porque la teme.
¿Por qué el PP no pone a Ayuso como candidata al Congreso?
La respuesta corta es que no da tiempo. La respuesta larga tiene que ver con la geometría interna del partido. Feijóo, según esta lectura, empieza a estar mayor y dentro de cuatro años podría ser un candidato excesivamente veterano para otros cuatro. El recambio natural sería Ayuso o Moreno Bonilla. Si Ayuso quiere, será ella, y además de ser la primera mujer presidenta del Gobierno dejaría sin oportunidad el retorno de otros nombres. El problema es que sacar a Ayuso de Madrid implica perder Madrid, y eso el PP no está dispuesto a asumirlo.
Punto final, dicen algunos.
El PP y las elecciones: ¿ganar o gestionar la oposición?
Hay una corriente que sostiene que el PP no quiere ganar. Que la oposición es más cómoda: menos responsabilidad, menos desgaste, mismo sueldo y la posibilidad de decir gilipolleces escritas en un papel una vez al mes. Si a eso se suma que el candidato mejor valorado no siempre es el elegido, el resultado es un partido que funciona como una secta o una masonería, donde priman las jerarquías internas sobre el rendimiento electoral. La última negociación para formar gobierno, con meses sin presupuesto, se cita como prueba de que el objetivo no era gobernar.
El desgaste de Feijóo y el factor Vox
Feijóo es un buen candidato para una parte del electorado: un veterano con experiencia y sin casos de corrupción a sus espaldas. Para otra, es un tibio que no arriesga y que no convence a los equidistantes. Con Ayuso, el PP arrasaría, pero se llevaría por delante a Vox, y hay quien prefiere un candidato moderado que atraiga a los desencantados y deje a la derecha radical en su espacio. El cálculo es macabro: ganar más votos o gobernar con menos ruido.
El cierre: un dato que descoloca
Mientras el PP decide si da el paso o no, el PSOE se frota las manos. Si Ayuso no da el paso, el escenario más probable es el de unas elecciones que el PP gane pero no pueda gobernar, con meses de bloqueo y una repetición electoral que nadie quiere. Y ahí, en ese limbo, es donde se decide si el PP es un partido de gobierno o una máquina de gestionar derrotas.