El orden mundial cambia mientras algunos dicen que nunca pasa nada
¿De verdad no está pasando nada? La discusión arranca con una tesis incómoda: los cambios históricos se gestan durante décadas y solo se perciben cuando se empaquetan en un documental de tres horas o en un podcast de dos. Quien espera un invierno nuclear para admitir que el mundo se mueve se queda mirando el telediario y concluye que todo sigue igual. La realidad, según este planteamiento, es que el orden que conocimos agoniza sin hacer ruido, y lo hace a base de acuerdos, amenazas y peajes que casi nadie lee.
El detonante de la conversación es la constatación de que
Occidente ya no pinta nada en según qué mesas. Cuando un país como Pakistán enseña la patita nuclear y eso basta para que se retomen negociaciones, el mapa de influencia ha cambiado. La idea que recorre el intercambio es que Europa y Estados Unidos tienen hoy el mismo peso que África tenía en el siglo XX: se les menciona, se les respeta de boquilla, pero no se les espera.
El dólar, el petroyuán y el peaje de Ormuz
El eje económico del asunto está en el golfo. Se habla de un
peaje en el estrecho de Ormuz, de la supervivencia del petrodólar y de si Estados Unidos mantendrá sus bases en la región. La pregunta que sobrevuela es a cambio de qué. Hay quien sostiene que el debilitamiento del petrodólar, los aranceles y los cambios de alianzas comerciales son señales de una preeminencia estadounidense en retirada. Otros responden que el dólar sigue siendo la moneda de reserva y que el imperio no se cae por un mal fin de semana.
En ese pulso, la OTAN aparece descrita como un guiñapo que solo servirá para algo si los europeos se rearman, armas atómicas incluidas. La UE, mientras tanto, introduce herramientas para depender menos de la tecnología estadounidense. Son movimientos lentos, de bloques, que no caben en un titular de portada.
La amenaza de Trump y el papel de Irán
El episodio más citado es la amenaza de Trump de que
una civilización entera morirá. La discusión se enreda en si eso fue un farol, una bravata narcisista o el pistoletazo de salida de un reordenamiento real. Una parte del análisis sostiene que los narcisistas amenazan cuando la situación se les complica y ceden cuando no ceden los demás. Otra parte recuerda que Trump ha sido elevado al poder por el complejo militar-industrial, igual que en su día lo fue Hitler, y que sus contrarios también.
El alto el fuego de dos semanas planea sobre toda la conversación. Nadie se atreve a decir que se vaya a respetar. Se especula con falsas banderas, con que Irán corra hacia la bomba atómica y con que la segunda parte sea más animada que la del Padrino. La única certeza compartida es que
Europa no pinta una mierda en este tablero.
El poder concentrado y la ilusión del jefe supremo
Hay un hilo subterráneo que recorre el intercambio: la idea de que el poder reside en la fuerza y de que el Estado monopoliza esa fuerza. Se critica a quienes hablan en términos uninominales de Trump, Putin o Netanyahu como si fueran titiriteros omnipotentes. El poder, se argumenta, no es una persona, es una estructura. Y esa estructura se refuerza cuando se separan los poderes, porque cada uno aprende de los errores de los otros y concentra más capacidad sobre el pueblo.
La conclusión incómoda es que el pueblo llano es corresponsable. Sentirse solo víctima es lo que interesa al poder, porque las víctimas necesitan tutela desde arriba. Un pueblo que se siente adulto y responsable es un pueblo más difícil de dirigir.
El imperio que no cae, pero se agrieta
Frente a los que anuncian el fin del imperio, hay quien responde que Estados Unidos sigue siendo el imperio, que el dólar sigue siendo la moneda de reserva y que los «moros» han recibido una buena. La discusión se atasca en si esto es un punto de inflexión brutal o una tormenta de verano. Se recuerda que en la edad de bronce se quedaron 300 años en la miseria por unos desequilibrios comerciales, y que hoy la interdependencia es mucho mayor.
El cierre no llega. El viernes se sabrá algo, dicen. O no. Mientras tanto, los bares y las terrazas siguen llenos y las bigotudas dan vueltas en bucle con el SUV. Nunca pasa nada, repiten. Hasta que pasa.