El restaurante del Corte Inglés: 13 euros por un risotto que divide
Un risotto de setas con dos trozos de morcillo por 13 euros. Un zumo de mango y naranja por 4,50. Servicio con uniforme, educado sin ser plasta, y una carta extensa que —sostiene quien lo cuenta— no implica que la comida sea una porquería. Con ese menú sobre la mesa, la pregunta que ha ocupado 166 respuestas durante más de cuatro años es sencilla: ¿es el restaurante del Corte Inglés la auténtica banana de la restauración madrileña o un cementerio para langostas con mantel?
La escena concreta que abre el asunto transcurre en el centro de Serrano, el que está cerca de la Puerta de Alcalá. No el que linda con el Villa Magna y la embajada estadounidense, ese otro se está transformando en un espacio solo de marcas de superlujo. El primero, en cambio, mantiene la fórmula clásica: comedor y cafetería con precios contenidos, atención esmerada y una estética que varios describen como señorial, proceresca y, sobre todo,
paca.
Qué se come y cuánto cuesta en el restaurante del Corte Inglés
El desglose económico es lo que sostiene la tesis del chollo. El risotto de setas con morcillo, 13 euros. El zumo de mango y naranja, 4,50. Un café que sirve de oficina improvisada para cerrar acuerdos con socios o colegas, a un precio inferior al de las cafeterías pijas o céntricas. Hay quien acude una vez al mes solo a tomar café porque se puede hablar con tranquilidad, la temperatura es agradable y se está cómodo. Y hay quien desayuna allí a diario y lo describe como su único vicio.
Frente a esa cuenta, la contraoferta llega con cifras de cocina doméstica: el mismo risotto, preparado en casa, sale por 1,20 euros. El argumento que acompaña al dato es que nadie va a tener a un cocinero removiendo el arroz quince o veinte minutos por 13 euros de menú. La discusión, por tanto, no es solo de precio, sino de qué se paga exactamente: el plato o el rato.
El legado del franquismo que se reforma con pizarras modernas
Aquí el asunto se pone interesante. Una parte del análisis sostiene que el Corte Inglés es uno de los mejores legados del franquismo y que su estética —descrita como ariasnavarresca, con muebles marrones, zona de fumadores separada y sándwich de barra— es patrimonio de una España concreta. La reforma que introduce pizarras modernas y aires de Malasaña se lee como una traición a ese código. El resumen más afilado: el Corte Inglés es para gente de orden.
La corriente contraria no defiende el edificio, defiende lo que había dentro. Antaño, el restaurante era garantía de comer bien en cualquier plaza conflictiva a la que viajaras, donde los restaurantes eran malos o metían el palo al turista por sistema. La cafetería, usada casi en exclusiva por señoras, servía tortitas y tartas por dos pesetas mientras triunfaban sitios nefastos. Ese es el punto que más se repite: no era alta cocina, era un suelo de calidad fiable.
El Corte Inglés como embajada del Paco-madridismo
La descripción más precisa del ambiente la da quien lo define como embajada del Paco-madridismo, donde se mezcla el remake franquista de los Austrias menores con los cromados y las baldosas de granito pulido del desarrollismo. Un lugar donde parece que en cualquier momento se va a sentar un ministro a despachar la marcha del nuevo plan de desarrollo. No es una crítica: es una descripción de época.
Ese ambiente tiene consecuencias económicas medibles. En la azotea, donde la haya, se toman copas con buenas vistas y gente educada. Y el filtro de acceso es el verdadero lujo: para llegar hay que pasar por delante de seguridad y subir cinco plantas, lo que reduce drásticamente el acoso comercial en la puerta. La tranquilidad, sostiene quien lo practica, es el producto que nadie más vende a ese precio.
Los salarios, el dato que casi nadie discute
Entre tanta ironía sobre el mantel, aparece un argumento que no se rebate: las condiciones para los asalariados son mejores que en casi ninguna otra parte del sector. En un negocio donde la rotación y la precariedad son la norma, ese detalle pesa más que cualquier discusión sobre la decoración. También hay quien apunta que el cartel que prohibía dejar propina ha desaparecido tras los encierros del covid, y que ahora se deja con normalidad.
El diagnóstico pesimista lo firma quien describe la empresa como un dinosaurio glorioso y obsoleto: solo le queda la fachada, por dentro está muerto, última joya de una España que ya no existe, con buen gusto, salarios dignos y atención esmerada para una clase media que creció con él y se fue reduciendo con él. El pronóstico es terminal.
¿Por qué el Corte Inglés ya no es lo que era?
Porque el público cambió más rápido que el negocio. La clientela que sostiene hoy esos comedores se describe como un mix de turistas asiáticos, funcionarios y langostas, con la clase media tradicional en retirada. El servicio se mantiene; el relato que lo justificaba, no. Y sin relato, un comedor de grandes almacenes es solo un comedor de grandes almacenes.
Queda el dato que descoloca: la carta es extensa y, contra todo pronóstico, eso no implica que la comida sea mala. La lógica habitual dice que un menú largo esconde congelado y prisa. Aquí, durante años, no fue así. Ese es el verdadero activo del negocio, y también lo único que ninguna reforma de pizarras puede comprar.