Cafés a 1,30 euros: el mito que no resiste el primer sorbo
Un reportaje de Cuatro ponía esta semana sobre la mesa un café a 1,30 euros en un bar de Galicia. La noticia provocó incredulidad —y algo de nostalgia— entre quienes llevan años pagando cantidades muy superiores por el mismo producto. Porque, salvo excepciones contadas, el café a ese precio ha desaparecido del mapa hostelero español desde 2003, como apuntan los datos recogidos entre consumidores.
En Madrid, en la calle O'Donnell, el expreso solo cuesta 0,90 euros, un precio que los entendidos califican ya de "visillero" —de barrio castizo—. Pero es la excepción. En Avilés, Oviedo o León, el café solo más barato ronda los 1,60 euros, con medias de 1,80. En Málaga, la horquilla va de 1,70 a 2,20 euros si uno se descuida. En Almería capital todavía se encuentra a 1,30, pero en un "buen barrio". Y en Castellón hay negocios que lo ofertan por un euro, aunque el ambiente —según describen— no es exactamente el de una cafetería gourmet.
Detrás de estas cifras hay una realidad hostelera que la noticia de Cuatro trataba de visibilizar: cuando el cliente paga con tarjeta, el banco se lleva una comisión que reduce el ya exiguo margen del bar. Al margen hay que restarle IVA, impuestos, luz, agua, alquiler y materia prima. Para muchos hosteleros, servir un café a 1,30 euros roza la pérdida. No obstante, la discrepancia entre el precio anunciado y el real sugiere que la rentabilidad no es lo único que está en juego: también lo está la percepción del consumidor, acostumbrado a que un café decente cueste cada vez más. Con estos números, la pregunta no es dónde hay cafés a 1,30 euros, sino cómo demonios sobreviven los que aún los venden.