El creciente discurso del 'no pago por sexo' en España: datos, precios y razones ocultas
Hace décadas, ir de putas formaba parte del rito de iniciación masculina. Hoy, un número creciente de hombres jóvenes afirma que no pagarían por sexo. ¿Es una moda pasajera, un síntoma de cambio social o una reacción racional a la oferta y la demanda? Los datos y testimonios anónimos apuntan a múltiples causas.
El factor económico: precios al alza y poder adquisitivo a la baja
El precio de los servicios sexuales ha subido significativamente. Mientras que hace diez años una hora con una profesional podía costar entre 50 y 70 euros, hoy las tarifas oscilan entre 100 y 120 euros para sudamericanas y rusas, y hasta 200 euros para españolas jóvenes. En el extremo bajo, algunas ofertas de 30-40 euros por un servicio rápido existen, pero la calidad y la seguridad son cuestionables. Para un joven con salarios precarios o en paro, 100 euros son un lujo inasumible. La generación de 25-40 años, golpeada por la crisis de vivienda y la precariedad laboral, prioriza otros gastos.
La oferta: deterioro del 'producto' y competencia digital
Quienes han frecuentado el mundillo describen un panorama deprimente: mujeres sudamericanas poco atractivas, tatuadas, con cirugías estéticas mal hechas y edades avanzadas para el oficio. La calidad del servicio también ha bajado: trato frío, ausencia de besos o caricias, y prisa por acabar. Al mismo tiempo, las aplicaciones de citas como Tinder ofrecen una alternativa gratuita, aunque con sus propios costes emocionales y de tiempo. Las redes sociales y el OnlyFans han creado una generación de hombres que se satisfacen con contenido digital, reduciendo la necesidad de contacto real. Además, el miedo a las enfermedades de transmisión sexual (ETS) es real: los casos de clamidia pasaron de 7.239 en 2016 a 36.983 en 2023, y la gonorrea y la sífilis crecieron un 42% y 24% respectivamente.
El discurso ideológico: dignidad, honor y backlash feminista
Un sector importante de hombres rechaza la prostitución por principios. Alegan que pagar por sexo es humillante, que prefieren conquistar y ser deseados, o que es una cuestión de honor. Algunos lo vinculan al feminismo: consideran que ir de putas alimenta un sistema de explotación y prefieren no contribuir. Otros, más cínicos, sostienen que las mujeres civiles son igual de promiscuas y que pagarles cenas y viajes es más caro que una profesional. También hay quien ve en la prostitución una forma de empoderamiento masculino: sexo sin compromiso, rápido y sin arrastrarse. El debate refleja una profunda polarización entre los que ven la prostitución como un servicio necesario y los que la consideran síntoma de fracaso social.
Lo que ningún análisis termina de explicar es por qué, pese al aumento de la soledad masculina y la disminución de la testosterona en las nuevas generaciones (un 17% menos que en décadas pasadas), el discurso del 'no pago' gana adeptos. Quizá sea la combinación letal de precios altos, oferta mediocre, alternativas digitales y un nuevo código de honor masculino. O tal vez, como apuntan algunos, sea simplemente que los hombres están aprendiendo a decir que no.
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