J.Baptiste Joseph Fourier
¿Cuando vuelve El Perro?
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Toc, toc.
—¿Quién es?
—La inflación. Vengo a comerme su salario.
—Pero si ya me lo he ganado trabajando.
—¡Qué antiguo es usted! Trabajar le da derecho a recibir dinero, no a conservar su poder adquisitivo. Son conceptos distintos, aunque comprendo que esa confusión sea habitual entre los asalariados.
—¿Y qué piensa llevarse?
—Un poquito de aquí, otro poquito de allá. Empezaremos por la compra: el aceite, los cigot, la carne, el pescado… Después pasaremos por la gasolinera, que siempre tiene las puertas abiertas para mí. Y, si todavía le queda algo, me sentaré a la mesa con su factura de la luz, su comunidad de propietarios y su seguro del coche.
—Pero mi sueldo también debería subir.
—¡Por supuesto! Y quizá suba. Un dos por ciento, un tres, tal vez un poco más si su empresa atraviesa un momento generoso. Yo, entretanto, habré trabajado con discreción, sin pedir vacaciones, sin fichar y sin necesidad de que nadie me reconozca mérito alguno.
—Entonces, ¿cada año soy más pobre?
—No sea dramático. Usted sigue cobrando lo mismo… bueno, algo más. Lo que sucede es que ese dinero compra menos cosas. Es una forma muy elegante de empobrecer a alguien sin necesidad de reducirle la nómina. No hace falta despedirlo: basta con dejar que siga trabajando mientras el precio de su vida aumenta más deprisa que el valor de su esfuerzo.
—¿Y quién se beneficia de todo esto?
—¡Ah, qué pregunta tan incómoda! Depende de quién pueda subir sus precios, de quién negocie sus salarios y de quién tenga patrimonio que se revalorice. Pero no se preocupe: siempre habrá algún experto dispuesto a explicarle que la economía crece.
—¿Y yo qué hago?
—Lo de siempre: trabajar más, consumir menos, ahorrar cuando pueda y agradecer que tenga empleo.
La inflación se despidió cortésmente y cerró la puerta.
El trabajador miró su nómina, después la cesta de la compra y, finalmente, el calendario.
Había cumplido un año más trabajando.
Su dinero, sin embargo, había envejecido mucho más deprisa que él.