EEUU suma misiles antibuque y 100 millones al pulso del Mar Negro
¿Se levanta un bloqueo naval a base de misiles? La Casa Blanca firma una orden ejecutiva que asigna
100 millones de dólares adicionales en ayuda a Ucrania y, según Reuters citando a funcionarios estadounidenses, trabaja en organizar el suministro de
misiles antibuque de largo alcance para levantar el cierre ruso del Mar Negro. Sobre el papel suena a giro de guion. En el detalle, el asunto se enreda.
¿Por qué el bloqueo del Mar Negro no es solo cosa de Rusia?
Porque buena parte del cierre lo puso Ucrania al minar su propia costa de Odesa para impedir un desembarco ruso. Mientras esas minas sigan ahí, ningún armador mueve un granelero con tranquilidad. El misil no desmina. Ese es el primer punto que se subraya: el envío resuelve una parte del problema y deja intactas las otras dos.
Con el agua limpia, un misil antibuque sirve para alejar a los buques rusos de la costa. Ahí acaba el milagro. Un arma de este tipo no protege un convoy de los aviones, los helicópteros ni los submarinos enemigos, y el tráfico marítimo necesita las tres cosas cubiertas a la vez. Una batería costera no sustituye a una flota.
El inventario que no cuadra: misiles anticarro o granadas
Ahí está el segundo frente de la discusión, y es puramente contable. Se habla de
cientos de misiles anticarro occidentales capturados por las fuerzas rusas, pero al abrir las fotos aparece otra cosa: el C-90 y el Panzerfaust 3 son granadas propulsadas por cohete, desechables y sin guiado, no misiles. La diferencia no es semántica, es de catálogo y de precio.
El forcejeo se traslada al archivo gráfico. Con
20 fotografías de almacenes y material abandonado no se demuestra un stock de cientos, y con una fuente oficial que cifró en
un solo cocinero la muerte en el buque insignia tampoco se sostiene la versión contraria. En el frente, además, es normal dejar material atrás: hay miles de trincheras, depósitos y puestos de tirador, y quien se retira no carga con todo. Un grupo de
300 combatientes de Azov negoció su rendición en Mariupol poniendo como condición no salir en vídeo. No la cumplieron.
La factura de la guerra de desgaste
La lógica dominante es económica. En un pulso prolongado, quien tiene más medios financieros y militares aguanta más, y hoy esa balanza se inclina del lado estadounidense. El problema es dónde se contabiliza el coste. La industria de defensa no regala nada: los paquetes se financian con fondos europeos, y hay quien avisa de que eso acabará recortando sanidad y gasto social antes que cualquier otra partida.
El escenario que se maneja para calibrar la resistencia social no es abstracto. Se repite el
diésel a 3 euros el litro como umbral a partir del cual el malestar deja de ser una encuesta y pasa a ser un problema de orden público. La referencia que se pone encima de la mesa son los disturbios que se prolongaron durante meses en varias ciudades estadounidenses por un detonante policial, con daños millonarios y un puñado de condenas. Con ese precedente, la pregunta no es si Occidente puede, sino cuánto está dispuesto a pagar.
Somalia y el material que cambia de manos
Aparece un flanco que casi nadie mira. Estados Unidos ha aprobado el envío de cientos de soldados a Somalia, y el argumento que se lanza es incómodo: si un puñado de cohetes rudimentarios derribó dos helicópteros en los años noventa, qué no hará material más sofisticado en manos de grupos armados. La conclusión que se extrae es que conviene no armar a organizaciones que no dudarían en usar ese arsenal contra quien se lo entregó.
El otro temor es el reciclaje. Cada posición tomada deja atrás tubos, munición y armamento variado, y en un frente tan largo eso suma. Con lo entregado y lo capturado, aseguran, se podrían equipar varios ejércitos. Rusia aparece descrita, con retintín, como el mayor proveedor de la parte contraria: cada día le regala carros de combate, transportes blindados y cohetes que antes eran suyos.
Qué se está jugando Europa
En el fondo late una sospecha repetida: que el envite lo dirime Washington y lo paga Bruselas. Que la ayuda crece poco a poco y que el siguiente escalón serían torpedos antisubmarinos. Que los civiles ucranianos son el precio que alguien ya declaró estar dispuesto a asumir. Y que ni quien quiere paz ni quien quiere victoria tiene la última palabra sobre el calendario del envío.
Mientras tanto, el bloqueo sigue cerrado, las minas siguen puestas y los misiles siguen en un almacén a la espera de transporte. Con este ritmo, lo raro será que alguien se acuerde de que el objetivo era abrir el puerto.