Hacienda gravará el SMI por primera vez al no deflactar el IRPF
El Salario Mínimo Interprofesional dejará de estar exento de IRPF. Hacienda ha decidido no adaptar la tarifa del impuesto a la subida del SMI de 2025, de modo que los perceptores del salario mínimo tendrán retenciones por primera vez. La noticia, adelantada por
El País, ha caído como un jarro de agua fría entre quienes celebraban cada alza del SMI como una victoria social. El mecanismo es simple: si el mínimo exento no se actualiza al mismo ritmo que sube el salario, el trabajador entra en el radar del impuesto. Y el Estado recauda la diferencia.
Qué implica tributar por el SMI
El SMI ha subido un 61% en los últimos años, según los cálculos que manejan los críticos con la medida. Durante ese periodo, el mínimo exento de IRPF se ha quedado rezagado. El resultado es que un asalariado que cobra el SMI pasa de tener un tipo efectivo del 0% a soportar una retención que, en la práctica, se come buena parte del último incremento. Hay quien sostiene que esa merma ronda el 50% de la subida; otros elevan la cifra por encima. La horquilla depende de la comunidad autónoma, la situación familiar y el resto de rendimientos.
La paradoja es que el SMI ya casi iguala al salario medio en amplios sectores. Cuando el salario mínimo se acerca al mediano, la exención generalizada deja de ser sostenible para las arcas públicas. Ese es el argumento que esgrimen quienes defienden la medida: no tiene sentido que la mitad de la tabla salarial no contribuya al sostenimiento del Estado. En contra pesa el hecho de que el IRPF es un impuesto progresivo y que gravar el tramo más bajo castiga precisamente a quien menos margen tiene.
El efecto neto: sube el bruto, baja el neto
El cálculo que circula entre los analistas más críticos es demoledador. El empresario paga más por el mismo trabajador. Hacienda ingresa la diferencia. Y el asalariado, en el mejor de los casos, se queda igual que antes; en el peor, pierde poder adquisitivo. La subida del SMI se convierte así en una operación de maquillaje estadístico: el bruto sube, el neto se estanca y el Estado amplía su recaudación sin subir ningún tipo de gravamen de forma explícita.
A eso se suma el efecto inflacionario. Un SMI más alto presiona al alza los costes laborales, que las empresas trasladan a los precios. El resultado es que el mismo trabajador que ve cómo su nómina bruta crece descubre que su cesta de la compra también lo hace. La subida nominal se diluye. Y el umbral de acceso a becas, ayudas al alquiler o cheques escolares se mueve, dejando fuera a familias que antes entraban en el baremo.
Quién paga la fiesta
La pregunta que sobrevuela el asunto es quién financia realmente el Estado del bienestar. La respuesta, cada vez más, es el asalariado de renta baja y media. Los tramos altos tienen margen para planificar, desgravar y mover bases. Los bajos, no. Cuando el SMI entra en el IRPF, el sistema pierde uno de sus pocos elementos redistributivos claros: la exención del mínimo vital. A partir de ahí, todos contribuyen, aunque sea con cuentagotas.
La otra cara es la recaudación. Cada año de récord fiscal se celebra en los presupuestos como una muestra de salud económica. Pero si el incremento viene de gravar a quienes antes no pagaban, no estamos ante un crecimiento de la base imponible, sino ante un desplazamiento de la carga. El Estado no recauda más porque la economía vaya mejor, sino porque ha decidido exprimir un tramo que antes dejaba fuera.
El punto exacto donde el análisis se atasca es el siguiente: si el SMI sigue subiendo y el mínimo exento no se deflacta, cada nuevo incremento será en realidad una subida de impuestos encubierta. Nadie ha explicado todavía cómo se rompe esa dinámica sin renunciar a una de las dos cosas.