El propagandista ruso admite que los ataques no son decisivos
El propagandista ruso Vladímir Solovyov, que durante tres años había anunciado el colapso inminente de Ucrania, ha cambiado de guion. En una intervención difundida por el canal de seguimiento NOELREPORTS, reconoce que «hemos subestimado lo que está pasando» y que el Complejo Militar-Industrial de la OTAN opera fuera de Ucrania, por lo que los ataques rusos «no son decisivos». La admisión, difundida en redes junto a la etiqueta de propaganda oficial, ha reabierto la discusión sobre si Moscú está preparando a su población para un acuerdo de paz o simplemente para una guerra más larga de lo previsto.
El reconocimiento de Solovyov rompe tres años de relato oficial
La frase clave del propagandista es una rendición intelectual: «Pensábamos que la OTAN solo enviaba productos terminados. Pero ahora el Complejo Militar-Industrial está fuera de Ucrania». Es decir, la industria de defensa occidental no está dentro del país invadido, sino en Polonia, Alemania, Francia o Estados Unidos, fuera del alcance de los misiles rusos. Eso convierte cualquier campaña de bombardeo en un ejercicio de desgaste contra una cadena de suministro que se regenera más rápido de lo que se destruye.
A eso se suma otro factor que el propio Solovyov menciona: «los extranjeros se están uniendo activamente a las filas de Ucrania». La presencia de combatientes internacionales, que Moscú llevaba meses minimizando, aparece ahora como un problema estructural. Y su conclusión —«nadie debería hacerse ilusiones»— suena a aviso interno más que a soflama patriótica.
El frente avanza, pero el desgaste no es solo ucraniano
La lectura más repetida entre los analistas que siguen el conflicto es que Rusia sigue ganando terreno, aunque a un ritmo que no permite hablar de victoria. Un cálculo que circula en los propios canales de seguimiento cifra el avance ruso en torno a un 1% del territorio ucraniano en un año. Poco para una operación que pretendía tomar Kiev en días.
En el lado contrario, los indicadores de desgaste ruso se acumulan: refinerías atacadas, colas en gasolineras, racionamiento de combustible en algunas zonas y un fondo de bienestar que se agota. La pregunta que planea es si ese desgaste es más rápido que el ucraniano. Porque Ucrania depende de financiación exterior —se habla de necesidades de 120.000 millones frente a una capacidad de recaudación de 50.000—, pero Rusia depende de que su economía aguante el tipo sin movilización general.
Pokrovsk, los tomahawk y el relato de la victoria imposible
El debate también ha incorporado la pérdida de Pokrovsk, un punto que los análisis más optimistas con Moscú tienden a minimizar. La caída de esa ciudad no cambia el mapa estratégico, pero desmiente la idea de que Ucrania se desmorona por sí sola. Y la posible llegada de misiles de largo alcance, mencionada como «tomahawk», añade una capa de incertidumbre sobre la retaguardia rusa.
Hay quien sostiene que la guerra ya no es entre Rusia y Ucrania, sino entre Rusia y el complejo militar-industrial occidental, con Ucrania como campo de batalla. Si eso es así, el reconocimiento de Solovyov no es un error: es el primer paso para justificar una negociación desde una posición que ya no es de fuerza.
Lo que nadie discute: la guerra no se acaba sola
El consenso más amplio, incluso entre quienes discrepan del relato occidental, es que el conflicto no tiene un final militar rápido. Rusia no puede ocupar toda Ucrania, y Ucrania no puede expulsar a Rusia de todo su territorio. La diferencia está en quién aguanta más y a qué coste.
Mientras tanto, la economía rusa sigue funcionando con parches: refinerías reparadas a contrarreloj, importaciones paralelas y una dependencia creciente de socios asiáticos. Y la ucraniana, con una deuda que no podrá pagar y una población que se reduce por emigración, bajas y territorios ocupados. El dato que descoloca no es quién va ganando, sino que después de tres años ninguno de los dos bandos ha encontrado la forma de romper el empate sin destruirse un poco más.