Villacís rectifica sobre la eutanasia tras el caso de Noelia
¿Puede un político defender una ley durante años y renegar de ella cuando la aplica alguien que no esperaba? Eso es, en esencia, lo que ha hecho Begoña Villacís al reconocer que el caso de Noelia le ha cambiado la opinión sobre la eutanasia. La exvicealcaldesa de Madrid admite que siempre la defendió «políticamente» y que ahora ya no lo ve igual. La frase, recogida por Abogados Cristianos, ha desatado una tormenta en la que se mezclan el drama humano, la hipocresía política y un debate de fondo que nadie quiere afrontar en serio.
Qué ha dicho exactamente Villacís sobre la eutanasia
La declaración es breve y demoledora: «Yo siempre he defendido la eutanasia políticamente, pero tengo que reconocer que este caso me ha cambiado mucho. No lo veo igual ahora mismo». No hay matices, no hay hoja de ruta. Solo la confesión de que una convicción sostenida en el cargo se tambalea ante un caso concreto. Lo llamativo no es el cambio de opinión —legítimo—, sino el reconocimiento implícito de que la defendió sin haber medido sus consecuencias. Ese es el núcleo del problema: legislar sobre la vida y la muerte con el piloto automático ideológico puesto.
El caso de Noelia y por qué ha removido el tablero
El caso que ha provocado el giro es el de Noelia, una mujer joven cuya solicitud de eutanasia ha ocupado medios y conversaciones durante días. El impacto, señalan varias voces, no viene solo de la tragedia: viene de que rompe el molde con el que se vende la eutanasia. No es un anciano terminal ni un enfermo irreversible en fase final. Es una mujer joven, y eso descoloca. Como resume una intervención, cualquier desgracia que afecte a una mujer joven y guapa parece mil veces más grave que la de un hombre de mediana edad. La percepción pública no es neutral: filtra, jerarquiza y decide qué dramas merecen portada.
El oportunismo político que nadie se atreve a nombrar
La lectura más repetida es la del cálculo electoral. Se sostiene que muchos políticos se subieron a la ola de la eutanasia cuando era popular y ahora, al ver las consecuencias, se echan las manos a la cabeza. La crítica va más allá de Villacís: apunta a un patrón. Primero se vende como un derecho compasivo para casos límite; después, se amplía el catálogo —depresión, soledad, carga económica— y acaba siendo una opción más del sistema. El arrepentimiento tardío no repara el daño, dicen. Y hay quien lo resume con una ironía amarga: de los creadores de «si llego a saber que firmando un aval me quitaban la casa, no habría avalado», llega «si llego a saber que promoviendo la eutanasia podrían matar al que la solicita, no la habría promovido».
Dónde poner el límite: el debate que no se resuelve
La discusión de fondo es la de siempre: ¿dónde está la frontera? Una persona joven con la vida destrozada que quiere morir quizá debería poder hacerlo sin dolor. Pero si se abre la puerta a la depresión, ¿dónde se cierra? ¿Y con los mayores, influenciables por su entorno? El argumento más incómodo es el de la pendiente resbaladiza: hoy es un caso extremo, mañana es una opción más. La experiencia de otros países se cita como advertencia, aunque los datos concretos brillan por su ausencia en el ruido.
El papel de los medios: pornografía emocional
Una parte de la conversación apunta directamente a la televisión. Se acusa a los medios de convertir el sufrimiento ajeno en espectáculo, de exprimir el morbo y de usar a la protagonista como carnaza. La expresión que más se repite es «pornografía emocional». El reproche no es solo estético: es ético. Si el Estado tutelaba a esa persona y falló, ¿por qué el foco está en el desenlace y no en la cadena de negligencias previas? Esa es la pregunta que algunos lanzan y que nadie responde.
Al final, la frase de Villacís retrata a una clase política que legisla sobre la vida y la muerte con la misma ligereza con la que cambia de opinión cuando el viento sopla en contra. Rectificar es de sabios, dicen. Lástima que el sabio llegue siempre después de haber firmado.