Una parte de los vecinos considera Barcelona invivible
Barcelona ya no compensa, sostienen algunos participantes en el debate. Quien lo dice no habla de turismo, sino de vivir allí los 365 días del año, y su argumentario se apoya en varios frentes: el calor que se prolonga hasta bien entrado el otoño, unos precios que consideran desorbitados y una huelga de autobuses. La ciudad, dicen, es un lugar del que se irían si no fuera por la familia y el trabajo.
El diagnóstico es exagerado en la forma y discutible en el fondo, pero se apoya en testimonios y cifras que los propios participantes dan por buenos.
El calor que se cuela hasta noviembre
Un termómetro a 26 grados a finales de septiembre, según uno de los participantes, es el punto de partida de la queja. Hay quien lo resume calificando ese clima de «tercermundista», una hipérbole que dice menos del termómetro que del enfado.
Sobre esa base se construye una tesis más ambiciosa, sostenida por otro participante: que la prosperidad histórica se ha dado en regiones con medias anuales de entre 10 y 20 grados y estaciones bien marcadas, y que una ciudad que se instala por encima de los 20 grados de media acaba saliendo del primer mundo. El contraargumento llega de otro usuario, que responde mencionando Singapur. El calor incomoda. No explica por sí solo la decadencia.
Precios y autobuses
Al clima se le suma la factura: hay quien califica los precios de desorbitados. El coste de la vida aparece en el diagnóstico como un factor más del malestar.
A eso se añade la huelga de autobuses.
Otra línea del debate, sostenida por algunos participantes, incluye comentarios despectivos hacia las personas migrantes, sin ningún dato que los respalde.
¿Y marcharse? El imán de la España vaciada
La salida que se propone es la marcha al interior: con 30.000 euros se compra una casa en la España vaciada, según un participante, que compara la ciudad con municipios de Albacete o de la serranía de Cuenca. El problema aparece, advierte otro usuario, en cuanto se mira el termómetro del otro lado: un verano a 42 grados y noches que no bajan de 30, seguido de inviernos con mínimas de -10 grados en enero y febrero.
Y el segundo problema es el empleo. Fuera de las capitales, la ecuación se reduce, según ese participante, a teletrabajar o a oficios como el de cabrero. La alternativa existe. No escala.
Lo que queda del debate
Con precios al alza, una huelga de autobuses y un otoño que se comporta como un julio, cabría esperar un éxodo. Quienes participan en el debate no describen una salida masiva: la familia y el trabajo siguen pesando más que un grado de más.