Barcelona 92 y París 24: cuando el talento dejó de ser el argumento
¿Qué tenían en común Freddie Mercury y Montserrat Caballé con los artistas que abrieron los Juegos de París? Sobre el papel, poco. Sobre el escenario, casi todo: dos figuras que subieron a un escenario olímpico sin que su vida privada ni su físico fueran el argumento del espectáculo. La comparación entre la ceremonia de Barcelona 92 y la de París 24 se ha convertido en un lugar común para medir cuánto ha cambiado el criterio con el que Occidente elige a quién pone delante de una cámara.
El detalle que desmonta media discusión:
Freddie Mercury llevaba nueve meses muerto cuando se inauguraron los Juegos de Barcelona, el 25 de julio de 1992. Falleció el 24 de noviembre de 1991. La actuación que muchos recuerdan como en directo era un montaje audiovisual. Ese dato, repetido hasta la saciedad en cualquier conversación sobre el tema, no impide que el consenso sea amplio: ni él ni Caballé estaban ahí por su orientación sexual ni por su peso, sino por su voz.
¿Por qué se compara Barcelona 92 con París 24?
El eje del argumento es sencillo. En 1992 se eligió a una soprano de referencia mundial y a la voz de Queen. En 2024, sostiene una parte del público, el criterio de selección parece haber virado hacia la representación de identidades: cuerpos no normativos, identidades sexuales diversas, estéticas rompedoras. El resultado, para los críticos, es un espectáculo donde la condición del intérprete pesa más que su oficio.
Hay quien lo formula con crudeza: antes se escogía por valía y el aspecto era secundario; ahora se metería a gente con determinado aspecto por diversidad, con independencia de su talento. Es la tesis de las cuotas filtradas en todos los estamentos. Enfrente, el contraargumento es igual de directo: en 1992 también había un cantante homosexual y una mujer con sobrepeso, solo que entonces nadie miraba eso porque no era el motivo del espectáculo.
Efecto Mandela incluido: más de uno juraría haber visto a Mercury cantar en directo en Barcelona. No pudo ser.
El «Barcelona» de Caballé y Mercury: horterada o himno
No todo el mundo idealiza 1992. La canción compuesta para la ocasión, «Barcelona», tiene detractores: se la ha descrito como una pieza pretenciosa, paleta y ridícula, capaz de generar vergüenza ajena. La anécdota circula: hubo quien pensó, al verla por primera vez, que era una broma televisiva.
Lo que casi nadie discute es el oficio de los intérpretes. Caballé era una de las sopranos más grandes que ha dado el siglo XX. Mercury, una estrella del rock con un registro vocal fuera de serie. La combinación de ópera y rock funcionó como contraste y acercó a Queen a un público que hasta entonces no los había escuchado. El
Greatest Hits de la banda se disparó en ventas por aquellas fechas, y mucha gente los descubrió entonces.
El matiz que aportan quienes conocen la trayectoria del cantante: Mercury no salió del armario públicamente en vida, llegó a casarse con una mujer que fue su heredera y mantuvo un respeto profundo hacia unos padres de mentalidad tradicional. Su condición sexual no fue nunca el eje de su puesta en escena.
El criterio de selección: de la valía a la cuota
La crítica más repetida no va contra los artistas concretos de París, sino contra el método. Se argumenta que el criterio de representación ha sustituido al criterio de excelencia, y que eso ocurre en todos los ámbitos: televisión, concursos, festivales. El ejemplo que se cita es el de los certámenes musicales europeos, donde en los últimos años habrían ganado candidaturas construidas sobre la condición del intérprete —identidad de género, orientación, cuerpo— más que sobre la propuesta artística.
La respuesta desde el otro lado es que ese diagnóstico confunde causa y efecto: siempre hubo diversidad sobre los escenarios, lo que cambia es la lente con la que se mira. Si hoy se percibe más, sostienen, es porque hay un relato mediático que empuja a fijarse precisamente en eso.
El resultado es una discusión que no va de música. Va de qué se premia y qué se exhibe. Y de si el público sigue teniendo la última palabra o ya solo aplaude lo que le ponen delante.