De 1,50 a 2,40 euros: el tercio ya no distingue barrio de centro
Un tercio de cerveza de 33 centilitros a 2,20 euros. El escenario no es una terraza del centro, sino un bar de barrio al que se llega andando. La frontera de precio entre el casco urbano y la periferia se ha difuminado, y la escalada se cuenta en tres tramos:
1,50 euros, después 1,80 y ahora 2,20 o 2,40 según la barra. En un mismo local convive la cerveza del grifo de barril a 2,20 con el tercio embotellado al mismo precio. La sensación que se extiende entre la clientela no es que la cerveza esté más cara: es que el barrio ha dejado de ser el sitio barato.
¿Cuánto cuesta un tercio de cerveza en un bar de barrio?
La respuesta corta: entre 1,80 y 2,80 euros según la ciudad. Un hostelero de Córdoba desglosa su carta sin esconder el margen: tercio o tubo de 33 centilitros a
1,80 euros con tapa incluida, refresco de 23 centilitros al mismo precio, café con una cesta de magdalenas y otra de palmeritas a 1,30 y cubata de importación con aperitivo a 3,70. En el extremo contrario, una consumición de cola a
2,90 euros en un bar de Moratalaz. Lo que separa ambos precios no es la calidad del producto, sino el alquiler, la ciudad y la clientela que pasa por delante.
- 1,80 € — tercio de 33 cl con tapa incluida (Córdoba)
- 2,20 € — tercio en un bar de barrio
- 2,40 € — tercio en el centro de la ciudad
- 2,80 € — tercio en un bar de referencia
- 2,90 € — refresco de cola (Moratalaz)
A esa lista conviene añadirle el café. Hubo un tiempo en que quedarse en
1,70 euros el café con leche era la seña de identidad de un local de confianza. Hoy esa cifra se lee como un
chollo, y hay quien considera directamente un abuso pagar 1,70 euros por ocho gramos de café.
¿Por qué sube el precio si el bar dice que gana menos?
El argumento del otro lado del mostrador tiene su lógica interna. Cada marca sube precios una vez al año, y el bar no puede repercutir ese ritmo al mismo compás:
el margen cada vez es menor, resumen quienes llevan la barra. La versión más dura es la del que sostiene que, sin esos precios, después de pagar gastos fijos el negocio no rentaría y no valdría la pena abrirlo. De ahí a la conclusión de que si no te lo puedes permitir no vayas solo hay un paso, y algunos lo dan sin anestesia.
El coste real lo forman el alquiler, la energía, las nóminas y un precio de compra que ya no negocia nadie. Con esas variables, subir treinta céntimos el tercio se antoja la única palanca disponible. La pregunta incómoda es si el cliente está dispuesto a financiarla.
El vino de garrafa que se vende a 2,50 euros el vaso
Hay un caso que resume mejor que ninguno la incomodidad. En un bar de un pueblo de
100 habitantes en invierno el vaso de vino se cobra casi al mismo precio que en Holanda, con tres diferencias que no juegan a favor del cliente: el local es en propiedad y no paga un alquiler de tres o cuatro mil euros al mes, el vino se elabora a 400 kilómetros —frente a uno importado que además paga aranceles— y lo atiende la propia familia, con dos chavales a salario mínimo de sol a sol. Si con esa estructura el precio iguala al del país vecino, el problema no es el coste: es el criterio.
En la zona del vino a granel la cosa se ve todavía más clara. Bodegas y cooperativas sirven garrafas de cinco litros y botas al por mayor. Ese vino que antes se vendía a
50 céntimos el vaso se cobra ahora a 2,50 euros. No hablamos de una referencia con crianza: hablamos del mismo caldo de siempre con una etiqueta nueva de precio.
Casa, Starbucks o nada: el ocio se reordena
La reacción más repetida no es la protesta, es la retirada.
Con no ir es suficiente, resume la postura más extendida: comprar en el supermercado y consumir en casa de alguien, con litronas y una bolsa de patatas, como se hacía a los veinte. El problema es que a los cuarenta esa fórmula cansa, y quien la propone reconoce que apetece quedar con alguien y que le cuenten sus penas.
Frente al bar Paco aparece el local con enchufes. La cadena de café con asientos cómodos, wifi y una bebida de tueste discutible sale, en esta comparación, mejor parada que la cerveza de batalla con aceitunas de bolsa. Y hay quien ha hecho el cálculo inverso: reservar ese gasto para un restaurante de superlujo una vez al trimestre en lugar de fritanguear cada semana.
El telón de fondo es que la alternativa tampoco existe. Viajar, cine y aficiones también han subido, así que renunciar al bar deja al cliente sin plan B y con la sensación de hacer vida de viejo. Mientras tanto, el consumo de calle se ha convertido en termómetro social: solo se lo permiten quienes tienen un poder de compra holgado, y esa constatación es la que más incomoda a quien trabaja, porque
duele ganar el dinero y duele más verlo salir a 2,20 euros por tercio.
Un quinto no es un tercio: el lío de los nombres
Y en medio de la queja, la anécdota. Nadie sabe del todo qué está pidiendo cuando pide una cerveza: pote, caña, tubo, quinto, tercio, mediana, botellín, jarra. El quinto son
20 centilitros, de ahí el nombre; el tercio, 33. Pedir una cerveza a secas en según qué litoral puede acabar en una marca concreta que nadie había elegido. La terminología varía por regiones y cambia de barra en barra; el precio, en cambio, ya no varía por barrios.
Impuestos, gasto público y la cuenta que nadie firma
Hay una corriente que ensancha el foco y sostiene que la subida no se explica solo en la barra: la presión fiscal, el gasto público y la deuda formarían el suelo sobre el que se apoyan todos los precios, incluido el del tercio. La respuesta contraria señala al alquiler, la energía y los márgenes del pequeño comercio. Las dos versiones conviven sin resolverse, y la del boicot —gastar lo mínimo, pagar en efectivo— gana adeptos con el mismo argumento con el que pierde clientes la
hostelería.
Con el tercio a 2,20, el cubata a 3,70 y la cola a 2,90, la aritmética de una noche se descompone rápido. ¿Cuántos bares aguantan con la mitad de clientela pagando casi el doble antes de que la cuenta la acabe pagando el que se queda?