El reto de dejar el porno hasta el 31 de diciembre
¿Cuánto aguanta alguien sin porno? La respuesta se está buscando estos días a base de fuerza de voluntad:
abstinencia total de contenido para adultos y también de cualquier desahogo en solitario, con fecha de caducidad, el
31 de diciembre. Quien lo planteó lo contó como una penitencia moderna, dispuesto a resistir las «tentaciones carnales» con temple y empaque. La réplica llegó en forma de colección de augurios.
Por qué se pone el 31 de diciembre como fecha límite
Cerrar el año sin una sola recaída convierte el propósito en una
cuaresma laica de calendario. No hay más método que el del ayuno: cortar el estímulo de raíz y confiar en que cabeza y cuerpo se alineen. El propio autor del reto admite que la presión aparece «a todas horas» y lo compara con los asaltos que sufrió
San Antonio en el desierto, el ejemplo clásico de la tradición ascética: la tentación no se evita, se aguanta. La elección de la fecha tiene su lógica —un año entero queda fuera de discusión— y también su trampa: cuanto más cerca el final, más caro sale fallar.
El cuerpo, ¿se acostumbra o se rebela?
Aquí las posturas se separan. Un participante sostiene que mantener el freno acaba teniendo efectos colaterales nocturnos: si las ganas no se resuelven en la fantasía, se resolverán en los sueños, «como antaño». Otro responde que el organismo
no está diseñado para ese ayuno —«no es natural ni sano», se llega a decir— y que conviene vaciar el depósito de vez en cuando, en solitario o de otra manera. Ninguna de las dos versiones viene acompañada de un solo dato. Son intuiciones presentadas como fisiología, que es lo que suele haber detrás de casi todo consejo de barra de bar.
Los augurios catastrofistas y su escaso fundamento
El pronóstico más llamativo es el clásico:
quedarse ciego. Aparece en tono de broma, pero ahí sigue, arrastrado desde décadas de folclore. A partir de ahí la imaginación se dispara: quien se abstiene terminará, según los más exagerados, buscando desahogo en cualquier esquina y con cualquier compañía. Es el mecanismo de siempre. Ante un propósito ajeno, se proyecta la propia debilidad.
Qué revela el episodio más allá de la anécdota
Pocos retos de autocontrol aguantan el escrutinio público, y este tiene tres ingredientes que lo hacen irresistible: una
fecha límite concreta, un adversario difuso —el deseo— y una dosis inevitable de exhibicionismo al contarlo. El resultado es una conversación donde nadie aporta pruebas y todo el mundo opina sobre lo que le pasará al cuerpo ajeno. La abstinencia, sea de porno o de azúcar, se vende como templanza y se consume como espectáculo.
El 1 de enero se sabrá si la voluntad aguantó hasta el final. O si, como casi siempre, lo único que cambió fue la fecha de la próxima penitencia.