El plan Bolonia convirtió la universidad en una FP avanzada
¿Sirve el título universitario para algo más que para que un filtro de recursos humanos descarte currículos? La pregunta recorre una discusión de fondo sobre el estado de la universidad pública española, a raíz de una comida con un catedrático de una universidad pública madrileña. El diagnóstico que se repite: el plan Bolonia, aprobado bajo el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, transformó las licenciaturas e ingenierías en grados de cuatro años más un máster, y de paso convirtió las aulas en una suerte de
FP avanzada donde se enseñan herramientas que caducan antes que el alumno.
Qué cambió el plan Bolonia en la universidad española
El Tratado de Bolonia no pedía lo que se hizo en España. La tesis que más se repite es que el ajuste europeo era trivial: pasar a estructuras de 3+2 y suprimir los primeros ciclos de las carreras largas. En su lugar, se impuso un 4+1 que dejó las ingenierías en pinta y colorea, según el diagnóstico más duro, y acabó con la posibilidad de sacarse una carrera sin pisar el aula. En países como Dinamarca o Suecia, se argumenta, se aplicó exactamente lo que el tratado pedía.
El resultado, según esta corriente, es un egresado que maneja la herramienta del momento pero no los conceptos de debajo. Cuando la herramienta pasa de moda, no tiene con qué reconstruirla. La formación pre-Bolonia, en cambio, se percibe como un blindaje: quien la tiene no compite con los recién graduados.
El nivel de exigencia: ni tan alto ni tan bajo
Aquí el consenso se rompe. Hay quien sostiene que la universidad española era de las más duras de Europa y que Bolonia la suavizó, aunque sigue por encima de la media. La experiencia de un Erasmus en una universidad técnica alemana apunta en esa dirección: mismo temario y mismos exámenes, pero más fácil allí. Otros responden que la universidad española siempre fue una máquina de memorizar tochos, y que el nivel de exigencia ridículo no la hace mejor. Un dato que circula: la nota más alta de toda una carrera fue un 7.
Lo que sí coincide en casi todas las versiones es el diagnóstico sobre el profesorado: la mayoría nunca pisó la empresa privada. La universidad enseña para la universidad.
Por qué las empresas extranjeras dejaron de buscar aquí
El planteamiento inicial es que las empresas extranjeras ya no vienen a buscar talento a España, algo que antes sí hacían. La explicación que se da no es solo el nivel: es el sistema de recompensas. La atención de los jóvenes está capturada por estímulos infinitamente más potentes que los de hace treinta años, y el tiempo de estudio se ha reducido en cantidad y en calidad. La distracción de antes era otra cosa.
A eso se suma un embudo: si antes iba a la universidad el 20% de la gente y ahora va el 80%, el título deja de discriminar. El mercado laboral premia lo que siempre premió: prácticas, experiencia y el papel justo para pasar el filtro de recursos humanos.
El problema empieza antes de la universidad
No todo el mundo culpa a Bolonia. Una parte del análisis sostiene que la causa está en bachillerato: llegan alumnos que han aprobado la selectividad sin saber nada de nada. El profesor universitario que lo cuenta lo tiene claro: cero importancia del plan Bolonia en este punto, el daño viene de antes. Alumnos de segundo y tercero de ingeniería que no tienen claro el concepto geométrico del seno, el coseno y la tangente.
El título como filtro, no como conocimiento
La conclusión más cínica y más repetida: a la empresa no le interesa lo que hayas aprendido. Le interesa el título para filtrar candidatos de forma sencilla y las prácticas para saber si sirves. Las escuelas de negocio, en ese esquema, no venden conocimiento: venden contactos. Los rankings que las colocan arriba, se dice, se pagan.
Y mientras tanto, los trabajos que nadie quiere hacer —cargar cajas, limpiar naves, apretar tornillos— se quedan sin cubrir porque nadie se digna. Ahí hay empleo de sobra. El problema no es que falte formación. Es que sobra para lo que hay.
La universidad pública española lleva décadas reformándose para parecerse a Europa. Lo que nadie reformó fue el escalón de abajo. Con estos mimbres, el título seguirá sirviendo para pasar filtros y poco más. Y el catedrático, a lo suyo.