Debate por el récord de empleo y el peso del sector público
El titular oficial dice que España vuelve a batir récords de empleo. En el debate, hay quien sostiene que
el 72% del empleo creado desde 2018 es empleo público. Según esa misma lectura, el 28% restante, en buena parte, son empresas privadas que viven de contratos con la administración: vigilantes y cocineras de centros de menores, concesionarias de limpieza, residencias y conciertos educativos. Es decir, más cigarras y menos hormigas, en palabras de quienes defienden esa tesis.
La discusión no es si el dato existe, sino qué mide. Hay quien sostiene que las cifras están maquilladas a base de fijos discontinuos que trabajan un mes al año y no computan como parados los once restantes, y de un
gasto en paro que sube mientras el empleo también sube, combinación que en teoría no debería darse. Enfrente, el argumento de que un puesto de trabajo es objetivamente positivo y que el paro, en cualquier caso, siempre es peor.
¿Cuánto empleo público se ha creado realmente en España?
El cálculo que circula en el análisis más detallado apunta a que
3,09 millones de ocupados están en el sector público, récord histórico, y que
1,37 millones son fijos discontinuos, figura que permite computar como empleados a personas con actividad intermitente. A eso se suma el peso del empleo a tiempo parcial, que engorda la foto sin mejorar la nómina.
La objeción técnica es razonable: si el sector público crece a ese ritmo, alguien lo paga. Y ese alguien es el contribuyente que ya sostiene la sanidad, la educación y las carreteras. El argumento que se repite es que el Estado está regalando dinero para que las empresas contraten, subvencionando autónomos y multiplicando plazas públicas, lo que produce un empleo que depende de que la máquina de billetes siga girando.
El paro que no baja del podio europeo
España sigue siendo
el país con más paro de los 27, según el ranking que se cita. Ese es el contraste que desmonta la euforia: se pueden batir récords de ocupación y seguir liderando el desempleo continental al mismo tiempo, porque la población activa crece más rápido que los puestos que se crean.
La comparación con Grecia, país que arrastraba una década perdida, resulta incómoda:
vamos por detrás en empleo en todas las franjas de edad. Cuando el espejo no es Alemania sino el país que estuvo al borde del rescate, el relato se sostiene mal.
Inmigración, precariedad y el modelo de crecimiento
El otro eje del análisis es demográfico. Se argumenta que el crecimiento del empleo se apoya en
trabajadores migrantes en condiciones precarias, compartiendo piso y pagando alquileres elevados a rentistas que viven del régimen. El euro fuerte permite enviar remesas incluso con la burbuja de alquileres, lo que cierra el círculo: mano de obra que acepta hacinamiento porque le sale a cuenta, y un modelo que crece a base de repartir empleo en lugar de crearlo.
No es una tesis inocua. Si el empleo que se crea es estacional, subvencionado o directamente público, la calidad del mercado laboral no mejora aunque el titular diga lo contrario. Y cuando la máquina se pare, el ajuste lo pagan los que hoy tienen contrato de un mes.
El Banco Central y el dinero que nadie quiere mirar
Hay una lectura que trasciende al Gobierno de turno: los gobiernos acreditan méritos y deméritos de políticas que en realidad dicta el
Banco Central Europeo. Con Rajoy hubo sueldos de 800 euros y recortes; con Sánchez, más empleo. En ambos casos, el dinero del sistema lo movió Fráncfort. La austeridad se impuso a izquierda y derecha, y la expansión también.
Esa interpretación no exculpa a nadie, pero cambia la pregunta. Si el empleo depende del grifo monetario, la discusión sobre récords es una discusión sobre el grifo.
¿Cuánto de este empleo sobrevive cuando el dinero deje de ser gratis?