Mercadona y Hacendado: la marca blanca que nadie juzga con indiferencia
Hay una España que llena la maleta en Mercadona antes de coger el avión y otra que mira el lineal de Hacendado con la misma desconfianza que un billete de tres euros. La cadena de Juan Roig, líder de cuota en
alimentación, arrastra una paradoja que se repite cada vez que se publica un reportaje sobre ultraprocesados: se le exige lo que no se le exige a nadie. Vende lo que el cliente compra y, aun así, se le reprocha haber creado el hábito.
El reproche tiene varias capas. Una es la calidad:
hay quien sostiene que Hacendado produce alimentos «totalmente modificados» y que cadenas como Lidl le superan en producto importado italiano y alemán. Otra es el precio: la comparación constante entre marca cara y marca blanca se lee como tramposa, porque
hay quien defiende que fue precisamente Hacendado quien elevó el listón de las marcas blancas y sin él las enseñas de distribución seguirían en el sótano. Y una tercera es la atribución histórica: se le acredita la comida para llevar cuando ese negocio ya lo exploraba la competencia antes.
El precio como campo de batalla
El argumento más repetido es el del producto que se degrada con las horas.
Una hamburguesa a 3 euros que se reseca en la estantería se compara con la de otra cadena a 1,75, y la conclusión se escribe sola: pagas la marca, no la comida. El cálculo, desglosado producto a producto, es donde el consumidor decide de verdad si el diferencial compensa.
Lo que casi nadie discute es la función social del excedente. Lo que se acerca a la fecha de consumo pasa a precio de saldo en lugar de acabar en el contenedor, y eso, con los márgenes actuales, es una política comercial tan defendible como cualquier otra. La polémica no está en el desperdicio, está en quién puede permitirse elegir.
La política de personal que nadie mira
Fuera del lineal, la conversación se desplaza a las tiendas. Se critica la selección de personal y los uniformes, y se describe un patrón de contratación que la propia compañía no confirma. Son percepciones de cliente, no auditorías: conviene tomarlas como lo que son, impresiones de mostrador, no como política corporativa documentada.
El relato que se construye desde fuera
La acusación de fondo es que la cadena aspira a sustituir la cocina por el lineal. Es una hipótesis, no un hecho, y quien la lanza la apoya en analogías históricas más que en datos. La realidad es más prosaica:
si no vendiera esa comida, habría reproches por no venderla, abiertos por los mismos que ahora la critican. La polémica nunca fue sobre alimentación.
Queda el punto donde el análisis se atasca: la marca blanca ya no es la opción del que no puede pagar, es la opción por defecto. Y contra eso no hay reportaje que luche.