El kamikaze ucraniano de Jersón que acabó en eyección
Un Su-25 cae en picado, con humo en el ala izquierda, y medio segundo antes del impacto algo sale disparado de la cabina. El vídeo está fechado el
26 de febrero y ha tardado en circular con el relato que lo ha hecho célebre: un piloto que se inmolaba contra un convoy ruso en su avance sobre Jersón. El envoltorio venía de serie —héroe, gesta, ejemplo para la tropa— con una palabra colgada del titular:
kamikaze. Basta ver la grabación dos veces para que esa palabra se caiga sola. Si el hombre salió de la carlinga, no se estrelló con el avión.
¿Se inmoló el piloto del Su-25 o se eyectó?
No hay inmolación: hay eyección. La lectura más repetida de la secuencia sostiene que el aparato había perdido el control tras ser alcanzado y que el piloto accionó el asiento con el avión ya en pérdida. Hay quien discute incluso el origen del golpe y señala un impacto previo en el ala izquierda, visible antes de que el morro se hunda. La trayectoria, muy lenta y muy baja, encaja mal con un ataque deliberado: quien busca un objetivo elige el punto de impacto, no cae descontrolado sobre campo abierto.
El asunto tiene una segunda capa. Si se eyectó, ¿cuándo dejó de ser héroe? Para una parte del público, nunca: salvar la vida en el último segundo de un derribo no resta mérito a nadie. Para otra, el relato se sostiene sobre una etiqueta que la propia imagen contradice.
¿Sobrevive un piloto que se eyecta casi a ras de suelo?
La respuesta técnica es que puede, y ahí está justo la discusión. Los asientos modernos, como el K-36 que se cita a propósito de este aparato, están diseñados para funcionar a
altitud y velocidad cero: un sistema de cohetes impulsa el asiento hacia arriba lo suficiente para que el paracaídas se despliegue antes de tocar tierra. Eso no convierte la maniobra en un trámite. La altura y la velocidad de salida pesan, y la ventana se estrecha cuando el avión va en vertical.
De ahí salen las dos versiones. Una sostiene que las probabilidades de sobrevivir en esas condiciones son prácticamente nulas. La otra recuerda que hay pilotos que se han salvado eyectándose a escasos metros del suelo. Lo único constatable es lo que muestra el clip: la eyección se produce. Lo que vino después —si el paracaídas llegó a abrirse— no aparece en la grabación.
Dos clips pegados y un convoy de tres kilómetros
La acusación de montaje es la otra gran línea del asunto. Se sostiene que el vídeo son dos fragmentos cortados y pegados, y que el segundo ya había circulado en los primeros días del conflicto. Sobre esa base se edifica la cifra estrella: un
convoy de tres kilómetros supuestamente alcanzado por el avión. La aritmética del entusiasmo no se detiene ahí: circulan versiones que al mismo derribo le adjudican miles de soldados, más de dos millares de carros de combate, siete generales abatidos y hasta cohetes interceptados con material de oficina.
Es sátira, y como sátira funciona: ridiculiza la maquinaria de mitos que ya produjo el llamado
Fantasma de Kiev. En un frente donde la información es un arma más, la frase que mejor resume el episodio es la que sentencia que
la primera baja de cualquier guerra es la verdad.
El precio del avión y la vieja doctrina del kamikaze
Un avión de ataque cuesta
un potosí, y estrellarlo a propósito es un debate económico antes que moral. La comparación histórica que se trae a colación es la de los capitanes que se ataban al timón para hundirse con su barco: puro desperdicio de mando y de material. El contraejemplo es el almirante que abandonó su buque dos veces y siguió dirigiendo la flota desde otro.
La cita más repetida es la de Patton, según la cual ninguna guerra se ganó muriendo por la patria, sino haciendo que el enemigo muriera por la suya. También se mira a los ataques suicidas japoneses en el Pacífico, con idéntico balance. El material se repone; el piloto entrenado, no.
Por qué Ucrania sigue volando Su-25 a plena luz
Una de las sorpresas del conflicto es ver aparatos de asalto y helicópteros de ataque operando de día, a baja cota y a la vista de todos, con pérdidas constantes. Nada que ver con el modelo de las campañas occidentales recientes, basadas en munición de precisión y operaciones nocturnas con muy pocas bajas.
Que estas aeronaves sigan en el inventario llama la atención de quien sigue el material militar. Volar así exige tripulaciones con una sangre fría difícil de exagerar, y explica por qué cada derribo se convierte en munición propagandística: no hay tantos aparatos ni tantos pilotos como para que el desgaste pase desapercibido.
De propina, una queja universal: mientras se discute si hubo heroísmo o montaje, alguien grabó la escena con el móvil en vertical. La discusión se queda justo donde la dejó el vídeo, en la duda de si el hombre que salió disparado de la cabina llegó a abrir el paracaídas. El clip termina antes que la biografía.