Otegi pide un «muro antifascista» y la historia se repite como farsa
El coordinador de EH Bildu, Arnaldo Otegi, ha vuelto a sacudir el tablero con su llamamiento a levantar un «muro antifascista, republicano, abertzale, feminista y socialista». La declaración, que suena a collage ideológico más que a programa de gobierno, ha reabierto el debate sobre los límites del discurso nacionalista en un contexto económico que no da para grandes gestas.
Lo primero que salta a la vista es la ironía histórica. El «Cinturón de Hierro» de Bilbao, la fortificación que los nacionalistas vascos construyeron durante la Guerra Civil para defender la ciudad, fue un fiasco monumental. El ingeniero que lo diseñó, Alejandro Goicoechea, se pasó al bando franquista con los planos bajo el brazo. La línea de defensa, que debía ser inexpugnable, fue franqueada en junio de 1937 sin apenas resistencia. Otegi rescata el símbolo, pero la metáfora se le vuelve en contra: el original no funcionó y el de ahora, de materializarse, sería igual de permeable.
El cupo vasco y la industria: ¿quién paga el muro?
Detrás de la pirotecnia verbal hay una pregunta económica incómoda: ¿con qué dinero se financia un muro así? El País Vasco disfruta de un régimen fiscal privilegiado —el concierto y el cupo— que le permite recaudar sus propios impuestos y transferir una cantidad pactada al Estado. Según los críticos, este sistema es un «atraco continuo a los Españoles» que permite a la comunidad autónoma mantener un gasto público superior a la media. Sin ese colchón, la economía vasca —que ya muestra síntomas de declive industrial— difícilmente sostendría proyectos faraónicos.
La industria vasca, antaño motor del norte, se sostiene hoy en buena medida gracias a los privilegios fiscales y a la integración en el mercado español. Varios análisis apuntan a que la pérdida de competitividad y la deslocalización están erosionando el tejido productivo. Mientras tanto, el discurso de Otegi evita cualquier mención a los problemas reales: vivienda, envejecimiento de la población, desempleo juvenil o la gestión de la renta de garantía de ingresos (RGI). En lugar de propuestas concretas, ofrece una frontera moral que divide a la sociedad entre los que están dentro del muro y los que deben quedar fuera.
Los problemas que Otegi no menciona
El coordinador de Bildu acumula en su haber una condena por secuestro y una indemnización sin pagar, según recordatorios que circulan en los hilos de análisis. Su pasado como miembro de ETA y su salida de prisión sin haber resarcido a las víctimas lastran cualquier iniciativa que pretenda presentarse como «antifascista». La crítica no es menor: quien justificó la coacción violenta durante décadas difícilmente puede erigirse en garante de un cordón sanitario democrático.
El llamamiento al muro, además, choca con la realidad demográfica y social del País Vasco. Fenómenos como la inmigración, la multiculturalidad o la diversidad sexual quedan fuera del relato homogéneo que propugna Otegi. Su discurso —que intenta conciliar el abertzalismo con el feminismo, el socialismo y el republicanismo— se antoja más una operación de marketing político que una hoja de ruta viable.
En resumidas cuentas, el «muro antifascista» de Otegi es, por ahora, un brindis al sol. Sin un plan económico detrás, sin reconocer las lecciones de la historia y evitando los problemas concretos de los vascos, la propuesta se queda en consigna de mitin. El debate, eso sí, deja al descubierto las contradicciones de un nacionalismo que quiere construir fronteras morales mientras depende de un marco fiscal y económico que solo funciona dentro de España.