Arabia Saudí coquetea con los BRICS y deja a Occidente sin su petróleo
¿Qué pasa cuando el mayor exportador de crudo del planeta decide que ya no le interesa el bando que le compra menos y le da más lecciones? Eso es, en esencia, lo que se está discutiendo a raíz de la posible entrada de Arabia Saudí en el bloque de los BRICS. La noticia, aún sin confirmación oficial, ha bastado para que se disparen las interpretaciones: desde quien ve el jaque mate definitivo a la OTAN hasta quien recuerda que los intereses saudíes nunca han sido ideológicos, sino puramente comerciales. El detonante de fondo es la agenda europea de cero emisiones y el anuncio de que la UE dejará de vender vehículos de combustión a partir de 2035.
Qué es el INSTC y por qué importa más que un comunicado
Mientras se discute la adhesión saudí, hay un dato que ha pasado más desapercibido: la inauguración del corredor de transporte internacional Rusia-India, conocido como INSTC, después de 22 años de obras. La ruta conecta Rusia con el océano Índico a través del Caspio e Irán, evitando el canal de Suez y el rodeo por
Europa. Arabia Saudí también se beneficia de esa infraestructura. Es decir, el tablero comercial se está redibujando sin que Bruselas ni Washington tengan un asiento reservado.
El cálculo más optimista para Moscú y Teherán es que ese corredor les permita esquivar sanciones y aranceles. El escenario pesimista es que la infraestructura tarde años en ser competitiva frente al transporte marítimo tradicional. Pero la dirección del movimiento es clara: los flujos comerciales buscan rutas que no pasen por el control anglosajón.
El petróleo que Europa dice que ya no quiere
La paradoja es difícil de ignorar. La Unión Europea, una de las regiones más ricas del mundo, ha anunciado el fin de los vehículos de combustión para 2035. Arabia Saudí, cuya principal fuente de ingresos es el crudo, ve en ese calendario una amenaza existencial. No es una cuestión de simpatías: es que si sus clientes dejan de comprar, el país pasa de tener residencias millonarias en la costa mediterránea a negociar por un puñado de dátiles.
Hay quien sostiene que todo esto es humo y que el transporte seguirá quemando diésel durante décadas, porque la transición energética es materialmente imposible al ritmo que se anuncia. En contra pesa el argumento de que las decisiones regulatorias ya están tomadas y que los fabricantes han comprometido inversiones milmillonarias. Lo que nadie discute es que Riad ha entendido el mensaje: si Europa no quiere su petróleo, alguien lo querrá. China y la India, por ejemplo.
¿Se puede fiar Occidente de sus aliados históricos?
La discusión deriva rápidamente hacia la fiabilidad de las alianzas. Una corriente de análisis recuerda que Estados Unidos ha dejado tirados a socios estratégicos cuando le ha convenido, y que Arabia Saudí no es una excepción. Otra apunta a que los saudíes nunca han tenido amigos, solo intereses, y que moverse hacia los BRICS es simplemente diversificar clientes.
El bloque de los BRICS, por su parte, no es una alianza militar ni un club ideológico. Es un foro económico que gana peso con cada país que se suma. Si Arabia Saudí entra, el grupo controlaría una porción aún mayor de la producción energética mundial. Y eso, en un contexto de guerra comercial entre China y Estados Unidos, no es un detalle menor.
El papel del dólar y la guerra que nadie llama guerra
En el fondo de todo esto late una cuestión que se repite cada vez que se habla de los BRICS: el control del dólar como moneda de reserva. Una parte del análisis sostiene que el conflicto real no es Ucrania ni Gaza, sino la disputa entre China y Estados Unidos por el control de los flujos financieros y los recursos energéticos. Los países occidentales, dependientes de otros para mantener su nivel de vida, serían los principales perjudicados de ese pulso.
La peor parte, según esa lectura, se la llevarían los países que han construido su bienestar sobre la importación de energía barata y la externalización de la producción. Arabia Saudí, mientras tanto, juega sus cartas. Y si el petróleo deja de fluir hacia el norte, el invierno se pone interesante.
Al final, la pregunta no es si Arabia Saudí traiciona a Occidente. La pregunta es si Occidente se ha dado cuenta de que el cliente ya no es el que paga, sino el que necesita. Y ese, con la que está cayendo, no es precisamente Bruselas.