Notaria a los 33: 8 años de oposición y 20 km diarios
¿Cuánto cuesta aprobar una oposición de notaría en España? La respuesta que da el caso de Sara, la joven de Toledo que ha logrado la plaza, es una cifra que se lee en dos direcciones:
ocho años de preparación, hasta 14 horas diarias de estudio y 20 kilómetros caminando al día mientras memorizaba. El medio que publicó su historia la presentó como un ejemplo de constancia y superación. La foto que acompañaba al texto hizo el resto: una mujer de 33 años con un desgaste físico que, según algunos comentarios, la hacía aparentar bastantes más.
El caso desató una discusión que va mucho más allá de la biografía de Sara. Porque si el esfuerzo es indiscutible, la pregunta que quedó flotando es otra:
¿por qué una oposición que consiste en estampar firmas exige ese nivel de sacrificio? Y, sobre todo, ¿a cambio de qué?
Ocho años de estudio para un sueldo alto y una firma
El cálculo más repetido en la conversación fue el del tiempo.
Ocho años encerrada, de 8 a 8, parando para comer. Casi 3.000 días de rutina idéntica: estudiar, comer, dormir, repetir. Una parte de los intervinientes hizo la aritmética de la jornada y no le salían las cuentas: 14 horas de estudio, más 6 horas para cubrir los 20 kilómetros a pie, más comidas, más aseo, más vida doméstica.
¿Cuándo dormía? La respuesta más socorrida fue que la cifra de los kilómetros se hacía «en su mente mientras se cenaba 20 donuts con Colacao», una forma de decir que el relato del sacrificio se había inflado.
Lo que nadie discutió fue el resultado económico. La plaza de notaria es una de las posiciones mejor remuneradas del escalafón jurídico español, y eso explica que la oposición se haya convertido en una carrera de fondo de casi una década.
Sueldo alto, cara de haber vivido mucho, futuro incierto: la descripción que circuló fue tan cruel como sintética.
¿Es el notario una figura sustituible por la tecnología?
Aquí el consenso fue inusualmente amplio.
La firma digital y la tecnología blockchain ya permiten sustituir buena parte de las funciones notariales, y varios intervinientes señalaron que mantener la figura es tan lógico como conservar al deshollinador. La comparación se extendió a registradores de la propiedad y a una parte amplia del funcionariado: cuerpos que, según esta corriente, viven de un sistema de privilegios y castas más que de una necesidad real.
La defensa del oficio llegó por la vía de la utilidad social. Se argumentó que
detrás de toda transacción, desde comprar el pan hasta gestionar una cuenta bancaria, hay una norma, y que prescindir de notarios, jueces, fiscales, procuradores, registradores y abogados dejaría el sistema sin árbitros. La contrarréplica fue directa: si el problema es la fe pública, un algoritmo incorruptible con tasas mínimas cumple la misma función sin el coste del cuerpo.
El desgaste físico y la salud mental: la baja que se espera
El asunto de la ansiedad apareció pronto y con un tono que conviene separar de la burla.
Se especuló con que antes de agosto ya estaría de baja por ansiedad, y se atribuyó el problema a un choque con la realidad: tres décadas sin trabajar, ocho horas diarias fuera de casa y una expectativa de trato nobiliario que la vida laboral no concede. La tesis que se sostuvo es que
la ansiedad aparece cuando se tienen todas las condiciones a favor, no durante la fase de memorización.
Hay que ser claro: nada de esto es un diagnóstico. Es una opinión sobre un caso del que solo se conoce lo publicado. Pero el debate dejó una idea incómoda: si el sistema premia ocho años de encierro con una plaza vitalicia, la transición a la vida laboral normal puede ser el tramo más duro.
El relato del mérito frente al relato del privilegio
La historia de Sara se publicó como un ejemplo de superación. Una parte de la conversación la leyó así:
el nivel de sacrificio no está al alcance de cualquiera y merece reconocimiento. Otra parte invirtió el marco: lo que se celebra no es el mérito, sino la existencia de una oposición que exige ocho años de aislamiento para acceder a un puesto que la tecnología podría cubrir.
El progreso de la humanidad no está en estampar firmas, resumió uno de los mensajes más repetidos.
El choque de marcos explica por qué el caso se convirtió en un termómetro del malestar con la administración. No es la primera vez que una historia individual de esfuerzo se usa para discutir el diseño institucional que la hace posible. Y no será la última.
Queda el detalle que nadie supo resolver:
cuál de las tres personas que aparecían en la imagen era la notaria. El dato, aparentemente trivial, dice bastante sobre cómo se construyó el relato. Si el mérito es tan evidente, no debería hacer falta una foto para venderlo.