Anarquismo en la II República española

Anarquismo en la II República española
RESUMEN

La Segunda República española fue un campo de batalla para el anarquismo, dividido entre quienes buscaban reformas a través del sindicato y quienes apostaban por la insurrección inmediata, chocando constantemente con el Estado y las otras fuerzas políticas.

La proclamación de la Segunda República en España, aquel abril de 1931, fue recibida con un entusiasmo generalizado. Para muchos, significaba el inicio de reformas, un soplo de aire fresco tras décadas de monarquía. Los socialistas lo veían como un paso necesario hacia una sociedad más justa. Pero para los anarquistas, la cosa era distinta. La república, para ellos, no era más que un cambio de fachada; el sistema capitalista seguía ahí, intacto. Su meta no era una república, sino la revolución social, la auténtica transformación.

A pesar de las reticencias de sus dirigentes, miles de trabajadores, muchos afiliados a la CNT (Confederación Nacional del Trabajo), salieron a la calle a celebrar la caída del rey. Tenían la esperanza de que las cosas mejorarían. La CNT, sin embargo, mantenía una postura vigilante, lista para iniciar su "gigantesca obra". Y vaya si lo hicieron. Huelgas generales, levantamientos, insurrecciones... No se andaban con chiquitas.

Dos almas en la CNT

Dentro de la CNT, la cosa no estaba tan clara. Había dos grandes corrientes, que se peleaban por el timón. Por un lado, los anarcosindicalistas, con gente como Juan Peiró y Ángel Pestaña. Ellos veían la República como una oportunidad para fortalecer el sindicato, para mejorar las condiciones de vida de los obreros a través de reformas y huelgas, pero posponiendo la revolución a un futuro más preparado. Creían que la revolución debía ser una acción de masas, no de una minoría audaz. Su manifiesto, el "Manifiesto de los treinta" de agosto de 1931, dejaba clara su postura: la revolución, sí, pero cuando la CNT estuviera lista.

Por otro lado, estaban los anarquistas más puros, los de la FAI (Federación Anarquista Ibérica). Estos pensaban que la revolución era para ayer. La República, para ellos, era el caldo de cultivo perfecto para su actividad, un régimen de libertades que facilitaba la acción directa. Su organización era más de pequeños grupos, células ideológicas con una fuerte cohesión. Para la FAI, había llegado el momento de la huelga general revolucionaria, de acabar con quienes ostentaban el poder. Veían la República como burguesa, no proletaria, y achacaban la falta de revolución a la "falta de preparación revolucionaria" de la CNT. Se lamentaban de haber perdido el "momento psicológico", ese instante de indecisión en el que una idea puede imponerse. Su lección era clara: los militantes debían haberse echado a la calle, ocupar edificios y lanzar al pueblo a la revolución.

La República y la confrontación

La CNT, bajo la influencia de la FAI, no tardó en mostrar su cara más combativa. Un ejemplo temprano y sangriento fue la huelga de la Compañía Telefónica de España en julio de 1931. Los incidentes en Sevilla dejaron treinta muertos y unos doscientos heridos. Los anarquistas descubrieron que la República podía ser tan dura como la monarquía.

Las huelgas se sucedieron, tanto en las ciudades como en el campo, donde los jornaleros ocupaban fincas reclamando la reforma agraria. La CNT era consciente de las simpatías que despertaba la República entre los trabajadores, con quienes habían mantenido relaciones estrechas desde finales del siglo XIX. Figuras como Farga Pellicer y González Morago habían sido pioneros del republicanismo que luego derivó hacia el anarquismo, influenciados por la Internacional y los bakuninistas.

La política de confrontación de la CNT, impulsada por la FAI, tuvo sus repercusiones. Reforzó la tendencia insurreccional frente a la sindicalista. La FAI veía la República como un régimen burgués y achacaba la falta de revolución a la "falta de preparación revolucionaria" de la CNT. Se lamentaban de haber perdido el "momento psicológico", ese instante de indecisión en el que una idea puede imponerse. Su lección era clara: los militantes debían haberse echado a la calle, ocupar edificios y lanzar al pueblo a la revolución.

El campo de batalla rural y la UGT

El medio rural fue otro foco de tensión constante. Los campesinos vivían en la miseria, y los intentos del Gobierno Provisional de paliar su situación con decretos chocaron con la oposición de los grandes terratenientes. La Guardia Civil, a menudo pagada y alojada por los propietarios, actuaba más en defensa de estos que de la ley.

La UGT (Unión General de Trabajadores), el otro gran sindicato del país, liderada por Francisco Largo Caballero al frente del Ministerio de Trabajo, adoptó una estrategia diferente. Impulsó los Jurados Mixtos, una especie de comités paritarios que buscaban la negociación entre patronos y obreros. La CNT vio esto como una maniobra ventajista que favorecía a la UGT y eliminaba una de sus señas de identidad: la acción directa y la negociación al margen del Estado.

Esta brecha entre la CNT y la UGT se hizo patente en el campo. La Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra (FNTT), sección de la UGT, pasó de 35.000 afiliados en junio de 1930 a más de 390.000 en junio de 1932. La CNT, por su parte, convocaba huelgas que a menudo terminaban en enfrentamientos violentos, sin que ni las huelgas ni la nueva legislación laboral lograran mejorar las condiciones de los trabajadores. Los empresarios, a menudo, hacían caso omiso de los acuerdos. Los latifundistas, con sorna, decían a los jornaleros: "¿No queríais República? ¡Pues comed República!".

Las insurrecciones y la represión

La República se vio sacudida por varias insurrecciones anarquistas. En enero de 1932, los mineros del Alto Llobregat se levantaron en armas. La represión fue brutal: decenas de detenidos, despidos, cierre de locales de la CNT y prohibición de su prensa. Este levantamiento, que no fue convocado por la organización confederal, no supuso ninguna mejora y sí un debilitamiento para la CNT. Ángel Pestaña dejó la secretaría general de la CNT en marzo de 1932, y la FAI consolidó su control sobre la organización.

En enero de 1933, otra insurrección, esta vez con mayor seguimiento en Cataluña, Levante y Andalucía. Los revolucionarios proclamaban el comunismo libertario, destruían títulos de propiedad y se atrincheraban esperando la revolución. Estos levantamientos estaban íntimamente ligados a la miseria del campo y a la lentitud y resistencia a la aplicación de la reforma agraria.

El caso de Casas Viejas (11 y 12 de enero de 1933) se convirtió en un símbolo de la represión. Tras una huelga campesina en Cádiz y Sevilla por el paro forzoso, los campesinos de Casas Viejas se unieron a la insurrección. La llegada de las fuerzas del orden, al mando del capitán Rojas, desencadenó una masacre: incendio de una casa con miembros de una familia dentro, fusilamiento de 14 campesinos y decenas de detenidos con denuncias de torturas. El gobierno de Manuel Azaña defendió la actuación de las fuerzas del orden antes de conocer los hechos. En el juicio posterior, Rojas fue condenado a 21 años de prisión, pero salió en libertad en marzo de 1936.

La CNT, ante esta escalada de represión, centraba sus protestas en denunciar al gobierno, especialmente a los socialistas, a quienes consideraban responsables. Convocaron huelgas generales de 48 horas para mayo de 1933, pero el seguimiento fue escaso, en parte por el cierre de muchos sindicatos.

Elecciones, abstención y la revolución de diciembre

En las elecciones de noviembre de 1933, la CNT no participó y abogó por la abstención. Su estrategia era doble: si ganaba la derecha, provocar un movimiento insurreccional; y si no, intentar deslegitimar el sistema con una baja participación. Creían que la CNT no podía sola y necesitaba la colaboración de otras fuerzas de izquierda, empujando a los socialistas hacia la insurrección.

La CNT se equivocó de nuevo. La abstención era una cosa, lanzarse a la insurrección, otra. En diciembre de 1933, la CNT protagonizó en solitario un intento revolucionario, el más organizado y de mayor envergadura de la época republicana. La huelga fue un fracaso en Cataluña, pero tuvo repercusión en Aragón, Rioja y Navarra. Zaragoza fue escenario de una batalla campal. La insurrección se cobró la vida de 125 personas (entre insurrectos, ciudadanos y fuerzas del orden) y dejó 186 heridos. La represión fue aún más dura, con detenciones, torturas y fusilamientos simulados.

La Revolución de Asturias y el Frente Popular

Tras estos sucesos, algunos comités regionales de la CNT empezaron a plantear un acuerdo con la UGT. En octubre de 1934, cuando los socialistas convocaron una insurrección, la CNT no la apoyó, excepto en Asturias, el único lugar donde la revolución tuvo éxito. Allí, la CNT se integró en la Alianza Obrera promovida por la UGT. Se formó un comité revolucionario dirigido por el diputado socialista Ramón González Peña. En Asturias, se intentó organizar la vida según los postulados de la CNT: socialización de la riqueza, abolición de la autoridad y el capitalismo. Se creó un Comité de Abastos para la distribución de alimentos. A pesar de estos intentos, la violencia contra propietarios y religiosos fue incontrolable.

En las elecciones de febrero de 1936, la CNT se dividió: unos abogaban por la abstención tradicional, otros dejaban libertad a los obreros para votar, y algunos pedían el voto para el Frente Popular, que prometía amnistía para los presos. Tras la victoria de la izquierda, la CNT y la FAI mantuvieron su hostilidad hacia el gobierno del Frente Popular, propugnando la insurrección como método para alcanzar el comunismo libertario.

En mayo de 1936, el Congreso Confederal de la CNT en Zaragoza reafirmó su objetivo de comunismo libertario y ofreció una alianza revolucionaria a la UGT para "destruir completamente el régimen político y social vigente". La UGT no aceptó, temiendo romper con el Frente Popular. El comunismo libertario se definía como la abolición de la propiedad privada, el Estado, la autoridad y las clases, con la administración directa de la producción y el consumo por las organizaciones de productores. La estrategia de la CNT pasaba por aliarse con la UGT, siempre que esta abandonara el marxismo-leninismo y rompiera con los partidos republicanos. La UGT no cedió, y las tensiones entre ambos sindicatos aumentaron, sumado a la creciente presencia del PCE, que veía a los anarquistas como un obstáculo.

Datos clave
  • 1931: Proclamación de la Segunda República española.
  • CNT: Confederación Nacional del Trabajo, principal sindicato anarcosindicalista.
  • FAI: Federación Anarquista Ibérica, grupo anarquista más radical.
  • 1933: Insurrecciones anarquistas en Casas Viejas y diciembre.
  • 1934: Revolución de Asturias, con participación de la CNT.
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