El Cautivo de Amenábar y la polémica sobre la esclavitud romantizada
La nueva película de Alejandro Amenábar,
El Cautivo, ha reabierto un debate incómodo: ¿puede el cine convertir la esclavitud y la violencia sexual en un espectáculo estético? La cinta, centrada en la figura de Miguel de Cervantes durante su cautiverio en Argel, ha sido acusada, según un mensaje de un usuario, de presentar un Argel «reinventado como paraíso multicultural y LGTBI friendly» donde los cautivos cristianos descubren la supuesta libertad del islam frente a la España católica. El propio director, según esa crítica, no escatima en exotismo: barberías convertidas en antros, captores de ojos azules y mancebos dispuestos a masajes eróticos. Todo ello, con una trama que bascula entre lo grotesco y lo pintoresco.
El meollo del asunto, según esa crítica, no es la licencia artística, sino la romantización de una relación de poder. Cervantes, presentado como acusado de sodomía en España y con su brazo inutilizado tras Lepanto, termina «enamorándose» de su carcelero. La frontera entre romance y abuso queda difusa, hasta el punto de que, según esa crítica, algunos podrían acusar al filme de blanquear —e incluso estetizar— una violación bajo el barniz del folclore argelino. La pregunta que sobrevuela es sencilla: ¿por qué el cine español insiste en convertir la historia en un parque temático ideológico?
El negocio de las subvenciones y la polémica como estrategia
Más allá del contenido, el debate ha derivado hacia el modelo de financiación del cine español. Se argumenta que
2,9 millones de euros en subvenciones han ido a parar a esta producción, una cifra que para muchos resulta escandalosa en un contexto de ajuste fiscal. La crítica no es solo estética, sino económica: ¿por qué un director consolidado como Amenábar necesita dinero público? La respuesta que circula es que las subvenciones funcionan como pago por «servicios prestados a la ideología del régimen», una forma de mantener un ecosistema cinematográfico afín al poder político.
El cálculo es frío: si cinco millones de espectadores potenciales —una estimación que se lanza sin base empírica— acuden a verla, las cuentas salen. Pero el trasfondo es más profundo. El cine español se percibe como un
coto cerrado al que se accede por vías poco transparentes, donde unas cuantas familias viven muy bien a base de dinero público. La polémica, lejos de dañar la película, puede convertirse en su mejor campaña de marketing: cada crítica indignada genera un efecto llamada entre quienes quieren «joder al facha» comprando una entrada.
Cervantes no fue homosexual: el problema de la historia contrafactual
Uno de los puntos más repetidos es el histórico. Cervantes no fue nunca homosexual, sostienen quienes han estudiado el Siglo de Oro. La película, según esta lectura, proyecta categorías actuales sobre un pasado que no las conocía. El error no es solo factual, sino metodológico: valorar el siglo XVI con los ojos del XXI convierte la historia en un espejo de las obsesiones contemporáneas. La España católica, la Inquisición y los clichés de manual aparecen como contrapunto de un Argel idealizado, lo que refuerza una narrativa maniquea.
La discusión también ha tocado el tema de la esclavitud. Se recuerda que los europeos padecieron cautiverio durante siglos en el Mediterráneo, un hecho que a menudo se obvia. La película, en lugar de denunciar esa realidad, la convierte en telón de fondo de una fantasía personal del director. Para algunos, Amenábar habla más de sus filias y fobias íntimas que del personaje histórico. Cervantes, aquí, no es tanto un genio literario como un vehículo para la fantasía del autor.
La evolución del debate: de la crítica cinematográfica a la guerra cultural
Lo que empezó como una reseña mordaz ha derivado en un choque de trincheras. Por un lado, quienes defienden que la película es una obra de ficción y que la libertad creativa permite reinterpretar la historia. Por otro, quienes ven en ella un síntoma de la decadencia cultural y del adoctrinamiento ideológico. La discusión sobre
Tesis y
Abre los ojos —acusada de plagiar
Desafío Total y un cómic— ha servido para cuestionar la originalidad del director y su supuesta falta de sensibilidad artística.
El consenso, si existe, es que el cine español vive de la polémica y de las subvenciones. La película será vista, debatida y olvidada. Pero el modelo de financiación seguirá ahí, y con él la pregunta de fondo: ¿debe el dinero público financiar relatos que dividen a la sociedad? La respuesta, como casi siempre, depende de a quién se le pregunte.
Con estos mimbres, es previsible que la próxima polémica cinematográfica siga el mismo guion: un personaje histórico controvertido, una lectura ideológica, una lluvia de subvenciones y un debate encendido en redes. Lo que no está tan claro es que alguien salga a defender la película por sus méritos artísticos.