Alvise planta cara a las subvenciones a las corridas de toros
Un eurodiputado que prometió no quedarse el sueldo público ha puesto el foco en otra partida que también sale del bolsillo de todos. Alvise Pérez,
tres escaños en el Parlamento Europeo, sostiene que no debe haber dinero público para el lanceo de toros hasta la muerte, y equipara esa práctica con permitir el sacrificio ritual masivo de corderos que contemplan algunas confesiones religiosas. Su frase —«hacer sufrir por mero ocio a cualquier animal es moralmente aberrante»— ha encendido a buena parte del sector taurino y, sobre todo, a votantes que le habían dado su confianza precisamente por su perfil antisistema. La pelea no es nueva: es la vieja discusión entre libertad individual, gasto público y moral animalista. Lo que ha cambiado es quién la lanza.
Qué ha dicho Alvise sobre el dinero público y el maltrato animal
El mensaje tiene tres patas. La primera, que
subvencionar una corrida de toros con fondos públicos es una decisión política, no una tradición intangible. La segunda, que el criterio con el que el Estado decide qué castiga no es el sufrimiento del animal, sino el motivo: no es lo mismo matar para comer que matar para entretenerse. Y la tercera, la más incómoda, la comparación con el degüello de corderos que practican determinados ritos, que el eurodiputado pone en el mismo plano moral que la lidia.
Para el núcleo duro de su electorado, la primera pata es ortodoxia liberal. La tercera, un problema. Desde publicaciones especializadas del sector taurino no ha tardado en cuestionarse su coherencia: se ha preguntado qué hacía en un
tentadero durante la Feria de Sevilla si su postura es antitaurina. La factura de la coherencia, esa que nunca llega.
El ocio como criterio moral: el eje real de la discusión
Aquí está el meollo y también la trampa. Si el criterio es el sufrimiento, la ganadería intensiva y las gallinas ponedoras en jaulas salen peor paradas que un toro bravo que ha vivido suelto. Ese es el argumento más repetido por quienes defienden la fiesta y también por quienes, sin ser aficionados, detectan una jerarquía moral selectiva.
La réplica del otro lado no es floja: que el animal viva bien no autoriza a hacer negocio de su agonía. «Es al revés, que te lo comas no significa que tengas derecho a torturarlo antes», resume una de las intervenciones más citadas, que añade que debería matarse casi sin que se diera cuenta en lugar de montar una fiesta alrededor de su muerte. Y el contraste con otros platos de la cesta de la compra: cangrejos de río vivos a la cazuela, merluza, terneros. ¿Dónde se coloca la línea?
De fondo late una sospecha que recorre toda la discusión: la superioridad moral de quien decide qué es cultura y qué es barbarie. Hay quien ve en el rechazo al toreo un ejercicio de hipocresía urbana; hay quien, al contrario, cree que una sociedad se mide por lo que deja de tolerar.
¿Se extingue el toro de lidia si desaparecen las subvenciones?
Es el argumento patrimonial. El toro de lidia no sería solo un espectáculo: sostiene dehesas, encinas y una fauna asociada que no existe en otros paisajes. Bajo esa lógica, preservar el encaste no sería distinto de reintroducir bisontes en Jaén o de destinar recursos a proteger el lince ibérico. El animal, se insiste, no desaparece solo por cerrar una plaza.
La réplica es doble. Primero, se puede proteger una raza sin financiar un espectáculo: ayudas al ganadero, no a la empresa de festejos. Segundo, que la dehesa no se apaga por sí sola, se reinventa: hay ganaderías que ya ofrecen visitas y otros eventos para atraer a quien no disfruta con una corrida. Renovarse o morir, pero con dinero propio.
Cuánto dinero público hay en juego y de dónde sale
Aquí los números se difuminan y cada parte arrima el ascua a su sardina. La defensa más sorrrida sostiene que las
subvenciones a la tauromaquia son insignificantes dentro del presupuesto. La crítica más concreta apunta en otra dirección: que parte del dinero no viene de Madrid sino de Bruselas, y que rechazarlo supone renunciar a fondos del presupuesto comunitario que sí entran en España. Quienes ven la vía europea como la palanca real citan el paso por el
Comité de Agricultura y Desarrollo Rural del Parlamento Europeo, donde se votó una enmienda sobre la materia, la número 13.
El problema es que casi nadie discute el fondo con la claridad con la que discute la bandera. Si lo que molesta es el dinero público a cualquier espectáculo, la lista de partidas a revisar es larguísima: cine, verbenas de pueblo, fuegos artificiales, premios literarios, sindicatos, televisiones. Nadie ha pedido todavía que la verbena se pague con entradas.
De promesa antisistema a decepción para su electorado
El coste político es real. Alvise entró en Bruselas con un discurso que prometía romper el eje izquierda-derecha, tirar por igual a unos y a otros y no servir a ningún aparato. Ese perfil le ha granjeado votos más allá del votante de derechas clásico, entre gente harta de lo de siempre. Ahora una parte de ese electorado, muy aficionada a los toros, se siente traicionada: hay quien avisa de que este movimiento le resta apoyos.
En el lado contrario, el gesto le gana enteros entre quienes llevan años pidiendo que lo público deje de financiar lo que no comparten. Hay quien recuerda incluso que Federico García Lorca, icono apropiado por la izquierda, era aficionado declarado a la tauromaquia y católico practicante, y usa el dato para desmontar el reparto de etiquetas. El resultado, en cualquier caso, es el mismo: la tauromaquia vuelve a partir en dos un país que se creía ya repartido.
Y el dato que descoloca: la partida que se discute es, según quienes la defienden,
de las más pequeñas del presupuesto. Se pelea por ella con la intensidad de un asunto de Estado porque no va de dinero. Va de identidad.