Alvise se planta en Ceuta y el operativo policial hace aguas
¿Qué tiene que hacer un eurodiputado nuevo en Ceuta para que el puerto de Algeciras acabe con la Guardia Civil en primera línea y la Policía Nacional reconociendo que está superada? Esta semana, según la crónica difundida desde las redes de SALF, la respuesta es ejercer de agitador soberanista en la Ciudad Autónoma. Alvise Pérez, eurodiputado de la formación, abandonó temporalmente sus labores de extinción de incendios (sí, también eso) para plantarse en Ceuta y, según su relato, fue recibido por un grupo de manifestantes que obligó a intervenir a las fuerzas de seguridad.
El episodio mezcla política local, presión marroquí y un runrún electoral de manual. Queda además una lectura que sus simpatizantes repiten: el único partido que parece incomodar a Marruecos en la agenda de Ceuta no es ni el PP ni el PSOE. El resto, según esa visión, lleva años de perfil.
Asedio en el puerto y encierro con persianas bajadas
La narración, con detalles aún sin verificación independiente, apunta a que a la llegada a Algeciras se produjeron altercados: un grupo de personas, que según la versión difundida portaban armas blancas, obligó a intervenir a la Unidad de Seguridad Ciudadana de la Guardia Civil. Cinco agentes escoltaron al eurodiputado hasta un vehículo. Ya en Ceuta, la Policía Nacional habría admitido la falta de efectivos de la UIP para garantizar su integridad física a treinta minutos del acto. El líder de SALF acabó encerrado en un restaurante con las persianas metálicas bajadas y medio centenar de agentes en el exterior.
La escena tiene miga: si el relato es fiel, no falló un dispositivo improvisado. La formación sostiene que la falta de efectivos era previsible y carga contra el Delegado del Gobierno por una supuesta desprotección frente a lo que describe como presión de círculos radicales con vínculos marroquíes. Otra forma de decir que el problema de seguridad en Ceuta no se resuelve con un teléfono de emergencias.
Marruecos entra en escena: «Ceuta ocupada»
La otra pata del conflicto es exterior. Según la crónica, los principales medios marroquíes –controlados por la Casa Real de Mohamed VI– retransmitieron la «resistencia islámica» contra el eurodiputado español. El informativo habría llegado a calificarle de «terrorista de origen español» y se refería a Ceuta como «ocupada». Nada nuevo bajo el sol: el discurso marroquí sobre las ciudades autónomas es constante, aunque esta vez se ha cruzado con la visita de un político que promete deportaciones masivas.
Porque Alvise Pérez no se anduvo con medias tintas: «Deportaremos con la Armada y el Ejército a todo ilegal en Ceuta, Melilla, Canarias y península masiva e inmediatamente dependa el Gobierno de España de nosotros». Una propuesta que suena a épica, pero cuyo precio económico y diplomático –empezando por el estatuto de Ceuta y Melilla en la frontera sur de una UE que no compra ese lenguaje– quedaría por evaluar.
El pulso político: entre el héroe y el submarino
La visita también ha destapado el cuchillo afilado de la pugna electoral. Hay quien sostiene que la maniobra responde a un movimiento táctico para quitar votos a Vox y, en última instancia, ayudar al bipartito. Otros ven en Alvise Pérez la única pieza del tablero que desafía el statu quo con Marruecos. Y un sector, el más cansado, recuerda que todos los políticos «están en el poder» y que la fe en salvadores apenas dura lo que un titular.
Detrás de la fachada, el dato social que conecta: la ciudad autónoma afronta un desempleo juvenil que ronda el 21% en el conjunto del país, según los datos que circulaban en el análisis. Difícil explicar el caladero de votos sin esa cifra.
La ironía del cierre es casi perfecta: mientras Alvise pedía calma y valentía al pueblo ceutí, había medio centenar de agentes protegiéndole de quienes, según su relato, prefieren que Ceuta no sea España. El único que ha llegado antes que nadie al centro del huracán se ha llevado, de momento, el espectáculo. Y los deberes de seguridad, otra vez, sin hacer.