La Policía en Ferraz: el coste de la lealtad al sistema
Las imágenes de la calle Ferraz en Madrid, con agentes de la Policía Nacional identificando uno a uno a los manifestantes que intentaban cruzar en verde, han abierto un debate que va más allá de la protesta. La pregunta que flota en el aire es incómoda: ¿a quién sirve realmente el cuerpo? La respuesta, según una corriente de análisis cada vez más extendida, es que sirve al sistema, no al ciudadano. Y el precio de esa lealtad tiene nombre y apellidos: la equiparación salarial.
La escena que lo cambió todo
Los vídeos difundidos durante los disturbios de Ferraz mostraban a agentes señalando y fotografiando a personas concretas entre la multitud. La consigna «identificado por intentar cruzar en verde» se repetía en las redes. Para muchos, aquello no era un control de orden público, sino una labor de inteligencia sobre la población civil. La comparación con los confinamientos de la pandemia, donde la misma policía hizo cumplir restricciones de dudosa legalidad, cerró el círculo: el cuerpo ya había demostrado antes que la orden es la orden, aunque el derecho diga otra cosa.
La equiparación salarial como herramienta de control
Aquí entra el factor económico, que es el que menos se comenta. La subida de nóminas y la equiparación con otros cuerpos policiales no fue un regalo: fue una inversión. La lógica es simple y perversa: si pagas bien a quien te obedece, obtienes obediencia sin preguntas. Hay quien sostiene que ese incremento salarial, que en los últimos años ha sido notable, se ha traducido en una policía más dócil y menos crítica con las órdenes recibidas. El análisis es duro: se ha comprado la lealtad del cuerpo para que no cuestione las órdenes, por muy discutibles que sean.
La comparación con Estados Unidos
El debate también ha mirado al otro lado del Atlántico. Allí, la policía es un trabajo de riesgo real, con agentes que se juegan la vida en barrios conflictivos. Aquí, se argumenta, el perfil es otro: soldaditos de pastel seleccionados por casting, entrenados para posturear en un país hiperseguro y con la población desarmada. La diferencia de rol es evidente. En Estados Unidos, la policía es un oficio peligroso y mal pagado; en España, es una carrera funcionarial bien remunerada que no exige más que obediencia. El resultado, según esta visión, es un cuerpo que se dedica a hacer pasarela por las calles y a reprimir protestas cuando se lo ordenan.
El precedente de Serpico y la impunidad
La referencia a Frank Serpico, el oficial del NYPD que denunció la corrupción generalizada en los años 70 y tuvo que exiliarse en Suiza, aparece como un espejo incómodo. La historia se repite: quien denuncia desde dentro, paga las consecuencias. La sensación de impunidad es total. Los agentes saben que pueden actuar sin rendir cuentas, y esa certeza es la que alimenta la arrogancia visible en los vídeos de Ferraz. El mensaje es claro: se sienten impunes porque saben que lo son.
Un dato que descoloca
En toda España hay solo 2.700 agentes de la UIP, las unidades de intervención policial que se emplean en los disturbios. Es un número pequeño para un país de 47 millones de habitantes. La pregunta que queda sobre la mesa es inquietante: si la población se cansara de las buenas razones, ¿qué podría hacer un cuerpo de 2.700 agentes contra una protesta masiva? La respuesta, según los análisis más pesimistas, es que no mucho. Y eso, paradójicamente, es lo que más preocupa a quienes critican a la policía: no su poder, sino su debilidad estructural frente a un sistema que la utiliza como escudo.