Haití se apaga: 1.500 muertos en tres meses y un Estado que ya no está
Poco más de un mes después de que las pandillas lanzaran su ofensiva sobre Puerto Príncipe, el máximo experto de derechos humanos de la ONU para Haití, William O'Neill, describió el país como algo «apocalíptico», «como el fin de los tiempos». No es hipérbole de sobremesa: este abogado estadounidense lleva tres décadas viajando a la isla, ayudó a crear la policía haitiana a mediados de los noventa y ha trabajado en Ruanda, Sierra Leona, Kosovo o Sudán del Sur. El aeropuerto internacional sigue cerrado desde principios de marzo. Los extranjeros salen en helicóptero. Y la biblioteca nacional fue saqueada un miércoles cualquiera. El país celebró sus últimas elecciones en
2016 y no tiene presidente desde 2021.
Mil quinientos asesinatos en tres meses: el colapso en cifras
Naciones Unidas contabiliza
más de 1.500 asesinatos en los tres primeros meses de 2024, frente a los 4.451 de todo el año anterior. La comparación no admite matices: se mata a un ritmo anual que triplica el del ejercicio previo. Hasta el
90% de la violencia se concentra en la capital y la controlan pandillas con conexiones políticas, y más de 53.000 personas han huido de Puerto Príncipe en pocas semanas. Escuelas, hospitales, bancos, empresas y el corazón administrativo del país figuran entre los objetivos golpeados casi a diario.
Lo que separa a Haití de otros conflictos, según O'Neill, no es la intensidad del horror sino la evaporación de la autoridad: «Aquí lo que es diferente es que el Estado está prácticamente ausente… casi como un mundo hobbesiano donde es la supervivencia de los más aptos, y desafortunadamente los más aptos en este momento son las pandillas». Solo «un milagro menor» impide, a su juicio, que una policía superada en armamento pierda el control del todo. Su comparación de referencia: Somalia en sus peores tiempos, a 90 minutos de vuelo de Miami.
¿Por qué Haití no arranca? Dependencia, élites y dos siglos de punto muerto
Aquí empieza el desacuerdo. Una línea de análisis sostiene que décadas de ayuda internacional —alimentos, ropa, agua— han desactivado cualquier estructura productiva encadenada: nadie cultiva si el saco de arroz llega gratis. La réplica es inmediata: sin esa ayuda habrían muerto los más débiles, y el escenario alternativo se parece demasiado a una selección natural por la vía rápida. Otra lectura mira más atrás y apunta al peso de
dos siglos de arranque fallido, desde la liquidación de la élite tras la independencia hasta un sistema de plantación que nunca se convirtió en tejido productivo. Hay incluso quien atribuye la divergencia con la vecina República Dominicana al tipo de colonización —francesa en un caso, española en el otro— y al grado de mestizaje posterior.
En el extremo más tosco del diagnóstico circulan explicaciones raciales o atribuciones sobrenaturales —consagraciones religiosas, cocientes intelectuales— que no resisten el menor contraste y que, además, explican bastante menos que un Estado ausente y 4.451 asesinatos en un año.
La misión de Kenia y las armas que llegan desde Florida
O'Neill confía en una palanca concreta: una misión multinacional de apoyo a la seguridad liderada por
Kenia, con hasta 4.000 policías y tropas, que recupere y asegure aeropuerto, puerto y terminal de combustible. Con las elecciones estadounidenses en el horizonte, descarta tropas de Washington, pero no descarta otra vía más barata: inspeccionar los barcos que parten de Florida. «Me sorprende que no se puedan llevar alimentos o medicinas a Haití, pero aún así llegan armas y balas», dice. «Si las pandillas no tienen sus armas ni sus balas, pierden todo su poder». El país no fabrica un solo rifle.
La galleta de barro y el riesgo de que cruce la frontera
Hay un detalle que mide mejor que cualquier informe el fondo de la economía haitiana: la
galette o galleta de barro, elaborada con tierra de la meseta central, transportada en camiones y comprada por mujeres en mercados marginales. Se consume durante el embarazo porque se cree que aporta calcio, aunque los médicos advierten de caries, estreñimiento «y cosas peores». Cuando una parte de la población come tierra, el resto de la agenda pasa a segundo plano. O'Neill teme que la violencia salga de la capital y provoque un éxodo masivo hacia
Estados Unidos y hacia la República Dominicana, que comparte isla. Su ventana temporal: «semanas en el peor de los casos, meses en el mejor».
Lo que sigue sin cuadrar
Existe una hipótesis sobre el móvil que cambia el diagnóstico entero: la rebelión no buscaría tomar el poder, sino impedir el despliegue de fuerzas extranjeras y descarrilar el consejo de transición llamado a organizar elecciones. Para las pandillas, la ausencia de Estado no es un problema: es el negocio. Secuestro, extorsión, tráfico de armas y de drogas necesitan exactamente eso. Y ahí se atasca el análisis, sin salida limpia: sin Estado no hay elecciones, sin elecciones no hay gobierno con legitimidad para pedir la misión, y sin misión el aeropuerto sigue cerrado. «Aún no hemos llegado a ese punto», admite O'Neill. «Pero estamos peligrosamente cerca».