A Rusia se le atasca la ofensiva y se le vacía el depósito
¿Se puede sostener una guerra sin gasolina? Rusia está a punto de responder a esa pregunta por las bravas. La ofensiva terrestre lleva meses sin moverse donde importa —Moscú anuncia conquistas que Kiev desmiente en cuestión de horas— mientras el frente real se ha mudado muy lejos de las trincheras: a las refinerías, a los puertos del mar Zain y a las gasolineras donde los rusos hacen cola con el motor apagado. La guerra de desgaste que el Kremlin creía ganar por simple acumulación de hombres y munición se ha convertido en una guerra de desgaste energético que la economía rusa no puede permitirse.
Ucrania ya ha tumbado un tercio del refino ruso
El objetivo no son los tanques. Son las torres de destilación. El seguimiento del conflicto sitúa ya en cerca de un tercio la capacidad de producción de combustibles rusa dañada por los ataques con drones, y la lógica apunta a una meta bastante más ambiciosa: dejar inservible hasta un 80% del refino. Cada refinería que arde tarda meses en volver, y mientras la reparan, otro dron la vuelve a encontrar.
La asimetría es brutal. Un dron kamikaze cuesta una fracción de lo que vale el sistema que intenta repelerlo, y el resultado no se mide en kilómetros conquistados, sino en barriles que no se refinan. Hasta Moscú ha visto arder una refinería, y el país ha suspendido la exportación de gasolina y diésel.
El país que hace cola para llenar el depósito
Los datos que circulan no dejan gran margen a la interpretación. Rusia ha tenido que cancelar vuelos por falta de combustible, con el aeropuerto de Sochi en caos y pasajeros atrapados varios días. Las autopistas se llenan de colas kilométricas. En el frente diplomático, los líderes del G-7, reunidos en la cumbre de Évian-les-Bains, han acordado endurecer las sanciones sobre el gas y el petróleo rusos, el terreno donde más daño hace cada acuerdo.
Y en el mercado internacional la cosa se complica. Moscú pidió ayuda a la India, se negó a pagar el precio solicitado —150.000 rublos la tonelada— y exigió el precio interno, un tercio. Nueva Delhi respondió ordenando que nadie descargara. El chiste que corre por las redes rusas lo resume: un conductor harto de la cola amenaza con cancelar a Pilingui, coge un cuchillo, y vuelve media hora después. No ha podido. Hay una cola para cancelar aún más larga que la de la gasolina.
Novorossiysk, Sochi y el negocio portuario echado a perder
Si el refino es el grifo, los puertos son la tubería. La noche del 9 de septiembre, las fuerzas ucranianas lanzaron un ataque combinado con misiles y drones contra el puerto de Novorossiysk. Entre los objetivos alcanzados, las confirmaciones visuales señalan un Buyan-M —un pequeño buque lanzamisiles capaz de disparar Kalibr y Oniks— y el crucero portamisiles Almirante Essen, tocado en su superestructura con incendio incluido.
La ciudad declaró el estado de emergencia. El balance oficial habló de cuatro perecid, entre ellos un niño, y 29 heridos. Días antes, el puerto de Sochi amanecía bajo ataque de vehículos no tripulados de superficie, y el carguero ruso OMSKIY-107 acabó encallando frente a Estambul tras derivar sin tripulación por el mar Zain después de un ataque cerca de Novorossiysk. La guerra ha llegado al paseo marítimo.
El dron que cuesta menos que un obús
La evolución del armamento en esta guerra ha dejado obsoleta buena parte de la doctrina que Occidente presumía. Bayraktar, Javelin, los Panzerhaubitze, los Caesar, los Leopard, los HIMARS, los Storm Shadow: cada sistema tuvo su momento y su titular. Hoy el frente lo dominan aparatos baratos que se fabrican por lotes y se pierden sin drama. Ucrania ha empezado a adquirir 150.000 drones de ataque intermedio.
En contrabatería, brigadas como la 44.ª de Artillería utilizan drones para cazar piezas rusas —Akatsiya, Msta— que valen cientos de veces más que el aparato que las destruye. Y en una sola noche se han llegado a contar 400 UAV volando hacia Rusia, la mayoría apuntando a la óblast de Moscú, obligando a gastar cientos de interceptores. Como curiosidad involuntaria, en el salón aeronáutico de El Alamein (Egipto), Rusia presentó su Su-57 como caza de quinta generación indetectable: según las crónicas, la gente acudía en masa a reírse.
Kostiantinivka y el relato de las conquistas
El Kremlin anunció que sus tropas habían tomado Kostiantinivka, en la provincia oriental de Donetsk. Un portavoz militar ucraniano lo desmintió horas después, reconociendo solo que la situación en ese frente es difícil. Es el patrón habitual: la conquista se anuncia antes de producirse y luego se matiza. En paralelo, el recuento de territorio recuperado por Ucrania en agosto de 2026 supera los 745 km², repartidos entre más de dos docenas de localidades. No es una contraofensiva de relumbrón; es lo contrario: pequeños avances sostenidos mientras el adversario se desangra por donde no se ve. Incluso Bielorrusia, el aliado incómodo, habría desactivado las tres repetidoras que Rusia usaba para corregir ataques contra territorio ucraniano.
El desgaste del que nadie quiere hablar
Conviven dos relatos que no se contradicen del todo, y ahí está la trampa. Uno describe a Ucrania con más del 90% de sus almacenes destruidos, escasez de personal y de defensa aérea, con Pokrovsk en riesgo y Slaviansk-Kramatorsk amenazadas. El otro describe a Rusia incapaz de reponer sus refinerías, con un ejército que busca deliberadamente el choque sangriento —el desgaste puro— porque no puede permitirse la guerra de maniobras.
Lo que ambos relatos comparten es la conclusión incómoda: nadie gana rápido. El responsable de inteligencia ucraniano sostiene que los rusos están empezando a entender que su ejército no es el segundo del mundo ni el cuarto, y que la cuenta llegará. Las cifras de bajas rusas que se manejan en el seguimiento del conflicto se acercan al millón y medio.
El dato que queda colgando
Rusia puede aguantar un año más de economía de guerra, o gastar sus últimas fuerzas en un empujón final. Lo que ya no puede es fingir que el depósito está lleno. La próxima vez que alguien explique que el tiempo juega a favor de Moscú, conviene preguntarle cuánto tardó en llenar el suyo.