Un hilo de foro sitúa en 2029 una guerra generalizada en Europa
El calendario que se maneja en la discusión es
2029. Ese es el año que se cita para una guerra generalizada en Europa, según el material que ha centrado la conversación y que estos días se ha leído como una fecha de rearme más que como una profecía. La tesis que circula es sencilla y fría: los arsenales europeos llevan décadas vaciándose, y reconstruirlos exige fábricas nuevas, líneas de munición y años de producción que no se improvisan. De ahí que la fecha no se anuncie como amenaza, sino como
hoja de ruta.
Qué se dice del servicio militar obligatorio
El punto que más ha movido la conversación es la vuelta del servicio militar. Se plantea como
voluntario por ahora, con el matiz de que ese adjetivo suele durar poco cuando la maquinaria arranca. La comparación que se repite es la de Ucrania: movilización forzosa, listas de sectores exentos y una parte de la población en edad militar que sale por patas mientras otra acaba en el frente. El argumento que sobrevuela es que los Estados no necesitan convencer a nadie cuando tienen legislación militar, tribunales y cárcel para los que se niegan.
El problema industrial que nadie quiere mirar
La industria alemana, y por extensión la europea, ya no compite con la china ni asiática en general. Esa es la lectura económica que domina el asunto: la riqueza se basaba en fabricar coches y maquinaria que ahora se produce y exporta más barato en otros sitios. Con ese suelo agrietado, la producción armamentística aparece como
valor seguro para los mismos grupos empresariales que detentan el poder económico. El rearme no sería una respuesta a una amenaza exterior, sino una salida de mercado.
Rusia, China y el relato del miedo
Hay quien sostiene que Rusia está empantanada en Ucrania y que por medios convencionales no tiene ninguna posibilidad contra los países europeos de la OTAN. Enfrente, la corriente que ve en el miedo a Rusia el
banderín de enganche perfecto: se agita la amenaza para justificar gasto, reclutamiento y disciplina social. La fecha de 2029, dicen algunos, sirve para relajar a quien dudaba entre irse o quedarse, y pillarlo después con el culo al aire. Sobre China, la discrepancia es total: unos la ven como el fin de una potencia económica si hay guerra generalizada; otros, como lo único que quedaría en pie, por homogeneidad, ganas de revancha y superioridad tecnológica militar.
Quién va a la guerra y quién se queda mirando
El consenso más repetido es que la población autóctona no tiene ninguna intención de ir. Falta identificación con el país, con el plan europeísta y con una guerra que se siente ajena. La pregunta que queda flotando es de dónde saldría entonces la gente para el trabajo sucio. Una parte del análisis apunta a los colectivos migrantes como reclutadores o carne de cañón: no les duele el país, no lo sienten y un sueldo de 2.500 euros les parecería un colorín. Otra parte lo niega con el ejemplo soviético: un 8% de desertores, y no puedes disparar a los tuyos y a los otros a la vez.
La predicción con reservas es esta: si el rearme avanza, la fecha se moverá, el adjetivo
voluntario se caerá y la conversación dejará de ser sobre Rusia para ser sobre quién paga y quién va. Con estos mimbres, lo raro no es que alguien tema una guerra. Lo raro es que alguien crea que hará falta una invasión para que le llamen a filas.