Alemania: del 3,3% al 1,4% de crecimiento y una inflación que se duplica al 8%
El IFW ha recortado a menos de la mitad su previsión de crecimiento para la economía alemana: del
3,3% al 1,4%. En el mismo informe, la inflación estimada pasa del
4% al 8%, con el aviso de que a finales de año se instalará por encima de los dos dígitos. No es una opinión de sobremesa: lo firma un instituto oficial del país que sostiene el euro.
La secuencia tiene su ironía. Hace menos de seis meses, el BCE sostenía que la inflación sería puntual o directamente inexistente. Los números, sin embargo, no solo le desmienten: confirman las previsiones más pesimistas que se venían manejando. Cuando el escenario que se tachaba de alarmista pasa al papel con membrete, el problema deja de ser de opinión y se convierte en contabilidad.
¿Qué ha cambiado en las previsiones del IFW para Alemania?
Ha cambiado el punto de partida. El 1,4% no se presenta como suelo, sino como estación de paso: hay quien sostiene que el crecimiento acabará en negativo antes de que termine el año. La economía alemana funciona como locomotora del continente y, si se atasca, arrastra al resto de los vagones. Ese es el argumento que más se repite: nadie se salva del frenazo de Berlín.
Conviene separar el dato de la interpretación. El recorte del crecimiento y la duplicación de la inflación están sobre la mesa; lo que se discute es la causa. Para unos, la guerra. Para otros, las sanciones que Europa se ha impuesto a sí misma. El corolario de la segunda lectura es incómodo: si el problema es la política energética, la factura no se cierra cuando se cierre el frente.
Del gas ruso barato a la factura de 800 euros
La tesis más extendida es que sin las sanciones nada de esto habría ocurrido: con los gasoductos Nord Stream 1 y 2 en funcionamiento, la economía europea apenas habría notado el conflicto. Rusia no es el único productor de energía, pero sí el que ofrecía mejores precios. Renunciar a él obliga a comprar más caro y a trasladar ese sobrecoste a la industria, que es exactamente lo que se está viendo.
La traducción doméstica es lo que cada vez más gente dice comprobar en su cesta de la compra:
bananas de 1€ a 1,39€, facturas de gas que rondan los
800€, electricidad que salta de 15 a 35 euros. El IPC oficial, se argumenta, no recoge esa cesta real. El desglose completo de esos recibos —partida a partida, con el diferencial entre lo que se paga y lo que se pagaba— da un resultado bastante más incómodo que el titular del índice.
¿Por qué el BCE no vio venir la inflación?
Porque su marco de análisis daba por hecho que el shock sería corto. Hace menos de seis meses el banco central descartaba una inflación persistente y la calificaba de puntual. Ese diagnóstico se ha desmoronado y ha arrastrado consigo la credibilidad de las previsiones oficiales, que ahora corrigen al alza cada trimestre.
El efecto secundario es más difícil de reparar que el error. Si las instituciones se equivocan siempre en la misma dirección —hacia abajo—, el ciudadano deja de creer el dato y empieza a creer su ticket. Y en esa brecha entre estadística y experiencia es donde crecen las explicaciones alternativas, incluidas las que no tienen ninguna prueba detrás.
Alemania, ¿un país soberano o una pieza del tablero?
Para una parte del análisis, Berlín no decide su política exterior desde el final de la Segunda Guerra Mundial y actúa como pieza de otro tablero, alineada con intereses ajenos incluso cuando esa alineación le cuesta su industria. Desde esa lectura, la relación con sus aliados explica por qué se corta antes el gas barato que el vínculo militar.
Enfrente, el argumento es más simple: hubo una invasión y las sanciones son la respuesta; la alternativa era aceptar que la fuerza dicta las fronteras. Y hay una tercera posición, más fría y menos ideológica: quien gane el conflicto importa menos que cuándo termine, porque ninguna economía se estabiliza con un frente abierto.
El fantasma que nadie quiere ver volver
Hay un temor recurrente y explícito: la miseria económica fue el caldo de cultivo del nacionalismo alemán del siglo XX. El Plan Marshall y el Estado de bienestar enterraron aquel fantasma durante décadas. Desmontar ahora ese bienestar, sostiene esta línea, es darle aire otra vez a algo que ya se creía enterrado.
Otra explicación, más radical, asegura que todo responde a una demolición planificada de Europa para dar oxígeno al dólar. Es una hipótesis sin pruebas, pero circula con facilidad cuando los datos oficiales fallan tantas veces seguidas. La desconfianza es terreno abonado para cualquier guion.
La guerra larga y el órdago ruso
Nadie esperaba que esto durara tres semanas. La lectura más repetida es que a Europa le habría venido mejor un desenlace rápido, porque el problema no es Ucrania sino la factura energética. Alargar el conflicto, sostiene esta línea, fue un error de cálculo: la economía rusa resiste y su balanza comercial marca registros históricos.
Lo que sí parece un punto de acuerdo es la duración: quien gane importa menos que cuándo acabe. Y ahí sigue abierto el pronóstico, porque el final no depende de una sola capital.
Con estas cifras, la pregunta ya no es si Alemania se frena, sino cuánto arrastra. Si el problema fuera solo la guerra, bastaría con que acabara. Si es la política energética, seguirá cuesta abajo también con la paz firmada. ¿Cuál de las dos facturas está pagando en realidad Europa?