El tabú de la suerte: del azar geográfico a la lotería genética
Nacer en India era un 18% de probabilidad estadística, según se señaló en una reciente discusión. Pero no es solo la geografía: la lotería genética y la clase social son las otras dos variables que determinan las oportunidades de una persona más que cualquier esfuerzo individual. El debate sobre la suerte, sin embargo, sigue siendo un incómodo tabú en una sociedad que prefiere el relato del mérito.
Las tres loterías que marcan tu destino
La combinación de lugar de nacimiento, capital genético y entorno socioeconómico es, para muchos, el 99% de la ecuación del éxito. Un caso citado: un chaval en la Franja de Gaza, de baja estatura y coeficiente medio, hijo de dueños de un puesto de verduras, tiene muy pocas opciones, por mucho que se esfuerce. En contraste, un londinense de 1,90 metros, CI alto y padres acomodados lo tiene casi todo servido. La probabilidad de encontrarse en la situación afortunada es ridículamente baja, pero quienes la disfrutan suelen atribuirla al mérito.
El mérito como coartada
La resistencia a hablar de suerte tiene explicación: el sistema está diseñado para que ciertos perfiles tengan más "casualidades". Los que heredan, los que tienen enchufe o nacen en el barrio correcto llaman "suerte" a lo que es un camino alfombrado. Frente a esto, se alza una corriente que defiende que la suerte no existe como fuerza externa, sino que es la intersección entre preparación y oportunidad. Pero incluso esta visión topa con un dato incómodo: la preparación también depende de la lotería genética y educativa.
¿Por qué nadie quiere hablar de suerte?
La anécdota del que acertó cinco de seis en la primitiva y cobró 1.800 euros, considerándolo primero mala suerte y luego un alivio, ilustra la subjetividad del concepto. También el testimonio de quien sobrevivió a un cáncer con pronóstico adverso, atribuido al azar del sistema sanitario. Pero el mayor misterio es por qué los espacios de debate evitan el tema. Quizá porque admitir que la suerte lo determina casi todo desmonta la base del relato social basado en el esfuerzo individual. Como se dijo: "La suerte es la etiqueta que le ponemos a la varianza no explicada por el mérito". Y aceptar eso obliga a repensar las reglas del juego.
En el fondo, la pregunta queda abierta: si el azar geográfico, genético y de clase pesa más que cualquier decisión consciente, ¿qué sentido tiene el discurso del mérito? Tal vez la incomodidad del debate nazca de que la respuesta es demasiado incómoda de asumir.
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