Desconectar el frigorífico cada noche: cuánto ahorra y qué se arriesga
Un medidor de consumo, un programador horario y un frigorífico doméstico. Con esas tres piezas se montó a lo largo de varios meses un experimento doméstico para saber qué ocurre cuando se corta la corriente al aparato que, según el planteamiento inicial, más energía consume de una vivienda durante siete horas de madrugada. La primera tanda de mediciones dejó un resultado concreto: el contador pasó de marcar 2.473 en dos días a 2.021 con el frigo apagado siete horas cada jornada. Un
19,8% menos. Llevado a euros, el cálculo de su autor daba para algo más de
12 euros al año, calderilla comparada con lo que mueve una nevera mal ajustada.
Y ahí llegó el giro. Al ajustar la temperatura de consigna unos grados, el consumo cayó un
30% de golpe y la desconexión nocturna perdió parte del sentido. La temperatura de conservación, no el enchufe y desenchufe, resultó ser la palanca de verdad.
¿Cuánto gasta un frigorífico y cuánto ahorra apagarlo de noche?
Los registros, con las unidades tal como se anotaron, quedan así: 24 horas de funcionamiento normal dejaban el contador en
877, con el interior a 8 grados. Desenchufarlo 12 horas y volver a medir arrojaba
731, con la temperatura ya en 13 grados tras el corte. El comentario que acompañaba a esos datos sostenía que la desconexión añadía un
ahorro de cierto interés.
Conviene desconfiar de la comparación directa. Un consumo medido en 48 horas y otro en 24 no son la misma magnitud, y la temperatura interior de partida y de llegada no siempre coincide. Sin igualar esas condiciones, la resta engaña. Pesan además objeciones de escala: apagar un módem por la noche no compensa ni de lejos el gasto de un equipo de aire doméstico, de modo que el ahorro depende por completo de qué aparato se desconecte.
El termostato ya apaga el compresor: por qué el programador no aporta
El argumento que, según varios participantes, desmonta media idea: un frigorífico ya lleva de serie un
termostato que corta el compresor cuando alcanza la temperatura objetivo. Si el consumo en reposo —la electrónica, la luz interior— es marginal, un programador externo apenas suma. La máquina no necesita que nadie le recuerde cuándo parar, y el invento de apagarla a horas fijas tiene bastante de
reinventar la rueda.
Lo que sí inclina la balanza es el ajuste. Subir la temperatura de consigna del frigo reduce el trabajo del compresor de forma estable, sin forzar paradas largas. La misma regla vale para el congelador: mantenerlo a
-28 grados es innecesario salvo que uno quiera conservar a Walt Disney.
Qué temperatura conviene poner al frigorífico
Entre
4 y 8 grados se mueve la horquilla que suele citarse para conservar alimentos en frío. Alguna referencia sanitaria, la que se usa para conservar cuerpos en cámaras de refrigeración, fija el máximo en 7 grados. El autor del experimento sostiene que con el frigo a 8 grados el contenido seguía frío; otro participante expresó serias dudas sobre esa temperatura y sobre los 13 grados, que considera ya un riesgo para la cadena de frío.
El margen entre 6 y 8 grados es más amplio de lo que parece, y ahí está el filón real de ahorro. Cuanto menos tiene que pelear el compresor contra el calor de fuera, menos energía se gasta.
El descarche y la cadena de frío: los riesgos que nadie mide
Apagar la nevera horas seguidas no es gratis. El descarche de muchos modelos evapora el agua acumulada aprovechando el calor del compresor. Si el aparato pasa mucho tiempo parado, el compresor se enfría, no evapora el agua y puede acabar dañándose. Es la advertencia que dejó un participante en mitad de la conversación, y no es menor.
El hielo acumulado por encima de
cinco milímetros obliga a descongelar a mano, con cuidado de no usar objetos punzantes que perforen el circuito. Y luego está lo obvio: romper la cadena de frío obliga a tirar comida, con lo que el ahorro en la factura se lo come el contenedor. Hay quien recomienda hacer estas pruebas en invierno, cuando el ambiente exterior ayuda a conservar el frío.
Aislar el frigo y otras vías de ahorro
Más allá del enchufe, el inventario de medidas es largo. Aislar la carcasa por fuera con poliestireno y un forro fino sale barato y, según quien lo propuso, podría acercar un frigo discreto a una clase energética buena sin cambiar de aparato. Mantener ventilado el condensador, ese serpentín trasero, es obligatorio para que el calor salga. Y separar los alimentos en cajones de plástico transparente permite abrir solo la bandeja necesaria sin perder todo el frío de golpe.
La lógica se estira a otros equipos. Cambiar ordenadores antiguos de
500 vatios por máquinas de bajo consumo —un Mac Mini ronda los 30 vatios a pleno rendimiento, un iMac moderno gasta 1 vatio en reposo, según sostenía quien cambió de equipo— es, en su opinión, una vía directa; otro participante puso en duda esas cifras. Cambiar bombillas por LED se amortiza rápido, según el mismo participante. Hay quien suma robots aspiradores y medidores con alarma a la lista, aunque no todo se pague solo. Cambiar un ordenador que se usa cuatro horas al día por gusto no sale a cuenta; hacerlo con uno encendido 12 horas, sí, según su razonamiento.
El pulso doméstico terminó donde empiezan las dudas. Según su relato, los ahorros acumulados —termostatos, apagados nocturnos, equipos nuevos— hicieron caer la factura de
200 euros cada dos meses a 40. El propio autor del experimento admite que desconoce si las paradas largas pueden acortar la vida del aparato; nadie ha medido ese extremo.