Adolescencia: la serie que convierte al incel en el villano de moda
Un chico de 13 años, familia aparentemente normal, amor en casa y cero sospechas. Un día la policía entra con las armas por delante y se lo lleva. La acusación es un hecho terrible. ¿Cómo un crío aparentemente débil pudo hacer algo así, y cómo se pasó de niño a eso delante de sus propios padres? Es el punto de partida de
Adolescencia, la miniserie británica que ha puesto el término
manosfera en boca de medio mundo. El director interpreta al padre del protagonista. Y el asunto, según se cuenta, ha dejado descolocados a públicos que no sabían que existían conceptos como red pill, incels o la regla del 80/20.
El estreno ha abierto dos frentes. Uno, el cultural: hasta qué punto el odio que circula por internet puede moldear a mentes jóvenes que aún no distinguen un comentario de una realidad. Otro, el del propio relato: si la ficción cuenta lo que pasó o lo que conviene contar.
Qué cuenta la serie y por qué se discute tanto
La trama arranca con la detención y se detiene en el shock de la familia y en el trabajo policial. Los dos primeros capítulos han sido recibidos como una inmersión en el estrés de una comisaría y en el desconcierto de unos padres que creían tener a sus hijos a salvo. El segundo se lee como una crítica al sistema educativo: profesores sin autoridad y alumnos instalados en su propio castillo. A partir del tercero, la cosa cambia de estilo y hay quien directamente habla de truño. Un plano secuencia que a unos parece un hallazgo y a otros, un recurso cansino.
El reparto de culpas es el verdadero campo de batalla. Para una parte del público, la serie señala al varón blanco inglés y deja bien a los demás. Para otra, el problema es el inverso: la historia real que inspira el relato no encaja con el villano que se ha construido. Se argumenta que el autor real de los hechos no respondía al perfil que la ficción dibuja, y que el cambio de perfil es una operación de propaganda. Es la acusación de
whitewashing a la inversa: no blanquear al culpable, sino oscurecer el perfil para que encaje con la tesis.
El niño incel como chivo expiatorio de una época
La comparación con otras épocas sale sola. En los ochenta la culpa era de la música heavy. En los noventa, de los juegos de rol. Ahora, de la manosfera. El patrón se repite: un suceso terrible, una etiqueta cultural y una explicación que exime a todo lo demás. Hay quien sostiene que el mundo real no produce asesinos con la cabeza comida por el discurso de odio, y que los problemas de fondo son otros: violencia común, barrios degradados, cuchillos al alcance de cualquiera.
El propio término incel se discute. Se recuerda que nació para describir a quien no busca pareja y se autorreprime, no a quien presume de conquistas. Meter en el mismo saco a un chaval retraído y a un personaje mediático que exhibe un harén desmonta el argumento, según esta lectura. La serie, dicen, mezcla dos fenómenos que no tienen nada que ver para que la etiqueta funcione.
Del caso real al caso inventado: el debate sobre el perfil
El asunto de fondo es si la ficción tiene obligación de fidelidad. Hay quien defiende que una serie es una obra y no un documental. Y hay quien responde que, cuando se inspira en un crimen concreto y cambia la identidad del autor, ya no es ficción: es relato interesado. La discusión se enreda con ejemplos de crímenes reales cometidos por menores, algunos con nombre y apellidos, que no encajan en ninguna etiqueta ideológica. La realidad, se repite, siempre supera a la ficción, y casi nunca en la dirección que conviene al guion.
En paralelo, la serie ha servido para algo que nadie esperaba: poner sobre la mesa la conversación sobre qué consume un adolescente en internet y hasta qué punto un padre puede saberlo. Ese es el único terreno donde las posturas se acercan. El resto es pelea.
Con el bombo que arrastra, lo llamativo no es que la serie haya generado polémica. Es que la polémica haya sido más vista que la serie. Y que el villano de moda sea un crío de trece años que, según todas las lecturas, existió antes en la pantalla que en la realidad.