Jersón reabre la pregunta de quién está perdiendo la guerra
La retirada rusa de Jersón ha convertido el cruce del río Dniéper en el nuevo punto de no retorno de la guerra de Ucrania. Un planteamiento que arranca con un llamamiento a la fe cristiana y a la lucha contra la OTAN como encarnación del mal ha derivado, en pocas horas, en un pulso entre quienes leen la maniobra como una derrota y quienes la defienden como una retirada ordenada para salvar la capacidad de combate. El asunto de fondo es otro: si el objetivo ruso de mantener Ucrania bajo su esfera de influencia está ya perdido.
La retirada de Jersón, ¿victoria o huida?
El argumento más repetido en el lado que defiende la maniobra es que mantener la orilla derecha del Dniéper con las líneas de suministro cortadas habría supuesto un cerco y la destrucción de la agrupación. Se sostiene que se retiraron más de
30.000 soldados y
5.000 vehículos y piezas de equipo sin incidentes, dejando la ciudad inutilizada tras meses de castigo. Bajo esa lectura, conservar la fuerza es la victoria.
La otra corriente lo ve de otro modo. La retirada se describe como una huida en desbandada y el cruce del río como el momento en que la iniciativa cambió de manos. Hay quien resume la situación con una frase que se repite:
«salir de Jersón fue una victoria», y quien responde que a invadir países ahora se le llama luchar contra el mal.
El choque de marcos: fe, geopolítica y esfera de influencia
El mensaje que abre el asunto no es militar, es religioso. Habla de una comunidad de fe, de guerreros de Dios y de la OTAN como encarnación del mal, y sitúa la verdadera victoria en la resistencia moral más que en el terreno. Esa pieza ha recibido respuestas que van del rechazo frontal a la burla, y ha arrastrado al grueso de la conversación hacia un terreno distinto: el de los objetivos reales de la guerra.
Ahí el análisis se vuelve más frío. Si el objetivo era mantener Ucrania en la órbita rusa, ese objetivo está perdido. Si era consolidar los territorios de
Novorossiya, es probable que tampoco sea factible, aunque queda por ver el efecto de la movilización. Lo que sí se considera alcanzable es conservar lo conquistado. El choque de fondo, se argumenta, es entre un nacionalismo conservador ruso y el bloque occidental, no entre credos.
El coste que nadie firma
Una tercera línea recorre el asunto de principio a fin: la guerra la pierden los ciudadanos. Ucranianos, rusos y europeos, se dice, mientras los dirigentes mueven fichas en un tablero. El argumento señala la caída del poder adquisitivo, la pérdida de derechos y el miedo como moneda corriente, y sitúa el conflicto real entre una oligarquía occidental y la ciudadanía, no entre dos ejércitos.
A ese marco se le suma la factura energética y comercial. Hay quien sostiene que Europa se beneficiaba comerciando con Rusia y que ahora paga la factura de una guerra ajena. La discusión deriva hacia el empobrecimiento y hacia la propaganda de doble rasero, sin que nadie aporte una cifra que cierre el debate.
Lo que queda abierto
La conversación ha ido migrando del terreno a la política interior rusa. Se habla ya de qué ocurre con Rusia después de Putin, de quién sostiene el régimen y de si la retirada de Jersón es el primer acto de una rendición o el repliegue táctico previo a una contraofensiva de invierno. Nadie lo cierra. El cruce del Dniéper queda como la línea que separa las dos lecturas, y ninguna de las dos ha ganado.