El BOE pone fecha al último cambio de hora, pero nadie lo confirma
Hay una escena que se repite cada octubre en cualquier oficina española: alguien mira el reloj, calcula cuánta luz le quedará al salir y suelta eso de «el año que viene ya no cambiamos». Lleva soltándolo una década. El
Real Decreto 236/2002 sigue vigente, la
Orden PCM/186/2022 mantiene el calendario hasta octubre de 2026 y, a partir de ahí, los organismos competentes deberán decidir si se prolonga o se cancela. Ni el BOE ni la noticia que ha reavivado el asunto dicen que 2025 sea el último año: dicen que podría serlo, que es distinto.
Qué dice exactamente el calendario oficial
Las fechas están escritas. En 2025 los relojes se mueven el
30 de marzo y el
26 de octubre. En 2026, el
29 de marzo y el
25 de octubre. Ese 25 de octubre de 2026 aparece en la Orden PCM/186/2022 del 11 de marzo como el último cambio previsto, pero con una condición que el titular de la noticia se salta a la torera: llegado ese momento, serán los organismos competentes quienes revisen si se prorroga o se elimina. Traducción: no hay adiós confirmado, hay una fecha de caducidad del calendario.
El origen de todo esto está en una decisión tomada en los años 70, en plena crisis del petróleo, cuando el ahorro eléctrico era una urgencia. La Comisión Europea ya publicó en 2018 un informe que ponía sobre la mesa los perjuicios para la salud y el bienestar, y se llegó a fijar 2019 como último año. Luego se pospuso a 2021. Después, nada. El motivo sigue siendo el mismo: los países de la Unión Europea no se ponen de acuerdo.
El argumento del ahorro que ya no se sostiene
Quienes defienden mantener el sistema apuntan a las horas de sol extra en verano, al tirón del comercio local, la hostelería y el turismo. Es un argumento con décadas de rodaje y con una base cada vez más discutible: el teletrabajo, el autoconsumo y las renovables han cambiado por completo el mapa energético desde los años 70. El ahorro que justificó la medida no se mide con la misma vara que entonces.
En el otro lado, las críticas se centran en la salud. Alteraciones del ánimo, caídas de productividad, más siniestros de tráfico y problemas para conciliar el sueño son los efectos que se atribuyen al salto horario. Y hay un matiz que casi nunca aparece en los titulares: eliminar el cambio no significa quedarse con el horario de verano. Buena parte de quienes piden acabar con el sistema defienden quedarse con el horario de invierno, el que corresponde al huso geográfico de España, y no con el de verano, que nos alinea con Berlín.
La trampa del horario que se quedaría
Aquí está el nudo real del asunto, y es donde el consenso se rompe. Si se elimina el cambio y se mantiene el horario de verano todo el año, en invierno amanecería tardísimo y los escolares entrarían a clase de noche cerrada en diciembre y enero. Si se mantiene el de invierno, en verano oscurecería antes y se perderían las terrazas hasta las diez de la noche, ese escenario que algunos defienden como seña de identidad.
El cálculo más repetido en el debate es que España debería compartir huso con Portugal, Reino Unido y Marruecos, es decir,
UTC+0, y que la hora actual se debe a una decisión administrativa de hace décadas, no a la geografía. Con ese cambio, amanecería antes y anochecería antes, y la vida se desplazaría hacia las horas de luz natural. El problema es que eso obligaría a mover también los horarios laborales y escolares, y ahí nadie quiere entrar.
Lo que pasa en Bruselas y lo que pasa en Washington
El asunto lleva años en
stand by europeo. La Comisión Europea pidió analizar los factores que impulsarían el fin de la norma, el Consejo Europeo se preguntó si sigue siendo necesario, y el resultado fue un nuevo aplazamiento. Mientras tanto, al otro lado del Atlántico el debate avanza por otras vías, y eso alimenta la sensación de que Europa vuelve a llegar tarde a un cambio que ya está en marcha en otros sitios.
La fecha de 2026 funciona como una especie de cuenta atrás sin certezas. El BOE no dice que se acabe, dice que se revisará. La noticia que ha reavivado el tema mezcla ambas cosas y genera una expectativa que los documentos oficiales no respaldan. Quien quiera saber qué pasará con el reloj en 2027 tendrá que esperar a que alguien se siente a decidirlo.
Hay un dato que descoloca: el último cambio previsto está fijado para octubre de 2026, pero la norma que lo fija también dice que entonces se decidirá si se prorroga. Es decir, el adiós definitivo podría no serlo.