Tortitas: piña, crema de cacahuete o lefa
Un tipo se cansa del clásico jamón y queso y pide ideas para coronar la cumbre de la gastronomía con alimentos arriesgados. La respuesta que recibe no es una receta: es un campo de batalla. En cuestión de horas, el asunto deriva en una guerra cultural sobre qué demonios es una tortita, si el tomate es un crimen o una obligación, y si el pan de hogaza con ajo y aceite debería jubilar al invento americano. El jamón york, rebautizado como «jamón en dulce» en las tiendas de barrio de toda la vida, aparece como fósil lingüístico de otra época. Y la piña, cómo no, se cuela en la conversación como el invitado que nadie invitó pero que algunos defienden con vehemencia.
Qué es una tortita y por qué genera tanto conflicto
La primera grieta aparece al definir el objeto del deseo. Para unos, la tortita es la masa redonda y dulce que sale en las películas americanas, esa que se apila con sirope de arce y bacon. Para otros, es una tortilla de trigo —la mexicana, la de toda la vida— que admite rellenos salados sin pestañear. Y hay una tercera vía que directamente niega la mayor: un buen pan de hogaza, chapata o pagès, con su ajito y su aceite, y encima lo que te dé la gana. La discusión no es menor, porque de ella depende todo lo que viene después.
Quien defiende la versión yanqui apuesta por el dulce sin complejos: chocolate, caramelo, mantequilla con cola cao espolvoreado, rodajas de manzana con canela o leche condensada. Quien se inclina por la mexicana propone rehogar cebolla, añadir champiñones picados, especias, un chorrito de tabasco y rematar con queso para derretir en tiras. Y quien reivindica la crepe o la filloa admite mil recetas, aunque prefiere el dulce para muy de vez en cuando.
Cada cual mata pulgas a su manera.Rellenos salados: del pollo asado al salmón ahumado
El bando salado tiene argumentos sólidos. Las tortillas de trigo son perfectas para las sobras: pollo asado desmenuzado con verduras y alioli, o simplemente ajo y aceite. Cebolla con atún también funciona. Hay quien propone tiras de pechuga de pollo o filetes finos de ternera adobados, salteados con pimientos, cebollas, ajetes, espárragos y setas, y queso curado o cremoso que se derrita mientras la sartén sigue caliente. La combinación de sobrasada y queso de mahón aparece como apuesta arriesgada. Y una receta más elaborada: tortilla de huevo con queso de cabra dado la vuelta sobre el queso para que quede crujiente, lonchas de salmón ahumado y medio aguacate dentro de la tortilla de trigo.
El bando del pan no se queda atrás. Una tostada de pan viejo con tomate, ajo y aceite aprovecha el pan de dos días y compite de tú a tú con cualquier invento importado. Las migas de bacalao con habas tiernas se postulan como fusión ibérica. Y el bocata de sardinillas con cebolla y guindillas en vinagre se erige en símbolo de contundencia: uno de esos entre pecho y espalda, con una birra, y al polígono a descargar palés como si no hubiera un mañana.
La piña, el tomate y otras líneas rojas
El tomate en rodajas genera rechazo explícito en el planteamiento inicial: «me parece asqueroso». Sin embargo, hay quien lo defiende con mayonesa, lechuga y bonito. La piña, en cambio, se cuela por la puerta de atrás: «el jamón y queso, SIEMPRE van con piña», sentencia una voz. La crema de cacahuete con plátano en rodajas se presenta como alternativa radical para quien reniega del jamón york. Y el aguacate, el salmón y el queso de cabra completan el catálogo de ingredientes que hace una década habrían sonado a provocación.
La conversación deriva hacia el terreno de la nostalgia. El «jamón en dulce» era el nombre que recibía el jamón york en las tiendas de barrio, esas que vendían pasteles y dulces y que ya casi no existen. Alguien recuerda que hace más de doce años que no prueba aquellas tortitas y sospecha que ya no se hacen.
La sabiduría paco, ese conocimiento de ultramarinos, se reivindica como patrimonio inmaterial.
El desayuno de los campeones y la sombra de la sospecha
Frente a tanta sofisticación, emerge la propuesta más castiza: chicharrones de gorrino y azúcar, acompañados de café torrefacto a 120 grados en vaso de cristal sin asa y con chorrazo de orujo blanco. El desayuno de los campeones, lo llaman. Para quien prefiere algo más ligero, patatas, aceite, sal y cebollas, o gambas, completan el recetario de urgencia.
No todo es entusiasmo culinario. Una corriente escéptica advierte de que el problema no es lo que se le meta a la tortita, sino que hoy casi todo es veneno. Se cita el testimonio de un endocrino que recordaba a su padre comiendo tocino de hoja y chorizo, pero trabajando en el campo y quemando lo que ingería. La conclusión implícita: la comida ha cambiado, la actividad física también, y el resultado no es precisamente mejor. La advertencia no carece de fundamento, aunque conviene recordar que la relación entre alimentación y salud es compleja y requiere matices que una conversación de sobremesa no siempre ofrece.
La deriva final: de la gastronomía al exabrupto
El tono se caldea con el paso de los mensajes. Aparecen referencias escatológicas, alusiones a fluidos corporales y una salida de tono que descalifica a los participantes por su supuesta falta de virilidad, con mención incluida a un dictador. El exabrupto, lejos de cerrar el debate, lo confirma: cuando se discute sobre tortitas durante más de mil cuatrocientos días, cualquier cosa puede pasar. La respuesta a la provocación llega en forma de risas y de reivindicación de la sabiduría de ultramarinos.
Al final, la pregunta original —qué ponerle a las tortitas además de jamón y queso— queda respondida por acumulación: piña, crema de cacahuete, plátano, salmón, aguacate, sobrasada, queso de mahón, migas de bacalao, chicharrones, leche condensada, manzana y canela.
Casi nada. El dato que descoloca no es ninguna de esas combinaciones, sino que el hilo lleve abierto 1.403 días y 113 respuestas sin que nadie haya conseguido imponer una receta única. La cumbre gastronómica, al parecer, sigue sin conquistar.